Luminosidad.
La lluvia veraniega llegó para mitigar el calor que en toda la semana perduró en la ciudad. Las gruesas gotas caían en el tejado y los truenos hacían que buscaras refugio en mi pecho; le ordené a mi corazón latir un poco más despacio, les tengo tanto pavor. Te besaba la sien y en tu mirada notaba una tranquilidad que se contagia; necesitaba ver esos ojos para comprender la naturaleza y el destino de las cosas. Una vida no se mide en la cantidad de bienes materiales adquiridos, en los triunfos personales y colectivos, o peor aún, en los años vividos. Descubrí que al final, valen más los besos. Si fuéramos conscientes del calor que albergan unos labios y de la suave estampa que nos dejan al plasmarse en nuestra piel, la vida podría llamarse como tal y no sería esta transición de la esencia rudimentaria a lo tergiversado y destilado del espíritu. Y a lo lejos veíamos un destello que nos recordaba lo cual indefensos somos ante el cielo.