Luminosidad.

La lluvia veraniega llegó para mitigar el calor que en toda la semana perduró en la ciudad. Las gruesas gotas caían en el tejado y los truenos hacían que buscaras refugio en mi pecho; le ordené a mi corazón latir un poco más despacio, les tengo tanto pavor. Te besaba la sien y en tu mirada notaba una tranquilidad que se contagia; necesitaba ver esos ojos para comprender la naturaleza y el destino de las cosas.

Una vida no se mide en la cantidad de bienes materiales adquiridos, en los triunfos personales y colectivos, o peor aún, en los años vividos. Descubrí que al final, valen más los besos.

Si fuéramos conscientes del calor que albergan unos labios y de la suave estampa que nos dejan al plasmarse en nuestra piel, la vida podría llamarse como tal y no sería esta transición de la esencia rudimentaria a lo tergiversado y destilado del espíritu. Y a lo lejos veíamos un destello que nos recordaba lo cual indefensos somos ante el cielo.


El viento revoloteaba tu cabello tan negro como la noche que se avecinaba, y mis pensamientos hacían lo mismo, danzaban al compás de la travesura y la candidez de cada una de las gélidas gotitas que se comenzaban a filtrar por las hendiduras de la cornisa. Te ofreciste a secarme el rastro que dejó una de ellas al rodar por mi mejilla y me despertaste de ese breve letargo; ¿qué tan seguro estaba de que no proviniera de mi interior aquella gotita?

Las incrédulas luciérnagas comenzaron a flotar y tintinear bajo la noche despejada. Les pedí que deambularan por tu piel y la mía, para así distorsionar con su luz, nuestras líneas de vida; esos surcos propios del pasar de los años que ocultan misteriosas partículas de lo ajeno y lo pasado. Tu, aferrada a mi cintura y yo rodeando tu cuello, nos sumergimos por un corto lapso de tiempo en la alberca que está al final.

Nos olvidamos del mundo y de cuanto estaba pasando a nuestro alrededor. Logramos bajar al inframundo, y para sobrevivir tuvimos que confiar en nuestro tacto; mi sensible piel se deleitaba con el lento roce de tus manos por mis muslos, mi boca clamaba por la tuya y nuestros pechos no opusieron fueron capaces de ocultar los latidos de nuestro corazones, que fueron aumentando hasta dejarnos sin respiración. Nos recordó que éramos simples mortales.

Afuera todo seguía intacto, por dentro muchas cosas se habían derrumbado. La volatilidad que emanó de nuestros poros opacaba el fulgor propio de las luciérnagas que atestiguaban como fueron capaces de regenerar las viejas promesas, los paseos pendientes y la vida misma.

Si mi piel pudiera hablar, el día final frente a Dios, le contaría que fui capaz de amar y que cada beso representó la única y más pura satisfacción que me dejó el vivir.

"Y tus labios tan tersos son los únicos responsables de que me falte el aire al acercarte a mí".


"Y mis labios tan ríspidos son la causa de la chispa que provoca que la volatilidad experimente ese orgasmo llamado explosión".

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