Caminemos.
Me besaste con el murmullo de un te quiero, apenas un suspiro que atravesó la distancia y traspasó las paredes de mi cuarto. Entonces llegó tu presencia como una delicada brisa que toco mis mejillas, se esparció por los linderos ocultos de mi cuerpo apoderándose de mis entrañas y penetraste mi alma. De pronto te mire y tocaba el aire formando tus contornos con mis manos, dibujando entre la espesura de la noche tu sonrisa; yo solo cubría mi cuerpo entre las sabanas, escondiendo del calor de tu mirada mi supuesto pudor. Imaginé que te tenía mientras acariciaba el vello que se expande a través de tu piel blanca, me deje llevar por los senderos apenas perceptibles de tu abdomen, desde tus hombros bailaron mis labios y terminaron en ese remolino que se forma al final de tu espalda. Llego entonces la hora, cuando aquella figura tuya, que surge del vaho frío que emana mi cuerpo en las noches de invierno, se esfumó por la ventana de m...