Caminemos.
Me besaste con el murmullo de un te quiero, apenas un
suspiro que atravesó la distancia y traspasó las paredes de mi cuarto. Entonces llegó tu
presencia como una delicada brisa que toco mis mejillas, se esparció por los linderos ocultos de mi cuerpo apoderándose
de mis entrañas y penetraste mi alma.
De pronto te mire y tocaba el aire formando tus contornos
con mis manos, dibujando entre la espesura de la noche tu sonrisa; yo solo
cubría mi cuerpo entre las sabanas, escondiendo del calor de tu mirada mi supuesto
pudor.
Imaginé que te tenía mientras acariciaba el vello que se expande a
través de tu piel blanca, me deje llevar por los senderos apenas perceptibles
de tu abdomen, desde tus hombros bailaron mis labios y terminaron en ese
remolino que se forma al final de tu espalda.
Llego entonces la
hora, cuando aquella figura tuya,
que surge del vaho frío que emana mi cuerpo en las noches de invierno,
se esfumó por la ventana de mi alcoba. ¿Te he dicho que no soporto el frío? Quiero
desesperadamente dejar de temblar por
las noches, quiero que tu imagen sea tan
real como el aire erizando mis poros. Existe el miedo de esta complicidad, de
caminar a través de la distancia siguiendo el mismo ritmo y los mismos pasos
para llegar en un punto del universo a encontrarnos.
Mañana comenzará el día,
sonaras como dulce melodía en mis pensamientos, poseerás mis sentidos y con cada
uno de mis dedos te recitaré. El adorarte es mi tarea diaria, respiro el anhelo
de mirarte y me lleno de vida; caminaré de día recortando la distancia hasta ti
y al caer la noche, los senderos que escondes en tu cuerpo quiero
poseer.
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