Posesión.

Últimamente tengo la tendencia paranoica de temer a la noche; y al encontrarme desprotegido entre la oscuridad de la alcoba y las pocas ideas claras de mi pensamiento, tu aroma se cuela por las rendijas de mi ventana. Mi pulso se altera y el ventilador que gira y gira constantemente no me ayuda en lo mínimo a controlar mi impulso; ése, el de aventurarme y salir a rondar por la calle para poder toparme de frente con tu silueta.

La traviesa luz de la luna de octubre, se filtra por el espacio perfecto que se forma entre las cortinas y me acaricia los cabellos de una forma tan somnífera. Resulta que su veneno es tan efectivo, pues, entre mis sueños pubertos comienzo a recordar la última noche de tu presencia. ¿O son acaso sólo piezas prestadas de otros rompecabezas?


Tengo la sensación de que a todos nos puede pasar lo mismo. Cuando somos jóvenes jugamos al amor; unos cuantos pasos más adelante, jugamos a hacer el amor. Pero cuando llegas tan alto de una forma acelerada, para después caer hasta sobrepasar todos los límites establecidos, solo tienes una cosa por delante.

En la oscuridad puedes conocer las más exquisitas y deliciosas sensaciones que te pueden ofrecer un cuerpo; víctimas del desconcierto nuestras almas adoptan sus instintos naturales. Es así como somos capaces de morder, arañar y estrujar todo lo que está a nuestro alcance; nos convertimos en bestias combatientes que a cada embate, van destrozando todo lo que con anterioridad se había construido. Desde recuerdos y castillos en el aire, hasta dagas clavadas en el corazón son aniquilados y por gracia divina se vuelven cenizas.

Si las manos sudorosas restriegan tu cuerpo con una afanosa voluntad, los restos se irán para siempre. En el suelo podrás yacer y desde ahí contemplarás la vía láctea; las estrellas formando constelaciones te guiarán para dar el siguiente paso.

¿Serán más de las tres de la mañana?

Mis muslos se contraen y dejo escapar unas cuantas palabras ahogadas; no sé si sean bendiciones o blasfemias, sólo te puedo asegurar que inmediatamente siento tu ausencia. Sobre el piso no flota tu túnica y entre las sábanas sólo se alcanza a escuchar tus ligeros gemidos de placer que se fugan por culpa del ventilador, que ahora gira en sentido contrario al reloj.

Es cuando me levanto hacia el baño y me veo en el espejo. Alcanzo a visualizar unas cuantas canas y ciertas arrugas sobre mi sien.

Ya no somos niños que nos escondemos para amar; somos adultos que pretendimos escondernos del amor.


Esta noche hemos fallado.

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