El espía.

Aquí estoy, sentada sobre uno de los escalones de la entrada principal a la casa. Adentro sólo se encuentra tu silencio; tu vacío en la cama ha conseguido que abandone por unos instantes la alcoba para buscar el abrigo de la noche. Aunque hay bastantes nubes por allá arriba, en mis ojos se resiente e incluso comienzan a gotear finas gotas de ansiedad.

Necesito de ti amor mío. Han sido las palabras que se me escapan de mis labios, a la par que trato de esbozar una sonrisa forzada, la cual obsequio al perro que me acompaña durante este momento de vacilación. Me mira de una forma tan compasiva; pareciera que trata de decirme algo, algo que te oyó decir antes de tu partida. Algo que no escucharé hasta que de nueva cuenta te pares sobre este suelo y tenga la dicha de escuchar tu potente voz.

Él duerme como un pequeño lirón. Sus pequeñas respiraciones llegan a mis oídos, para recordarme que no debo derrumbarme, pues debo ser más fuerte de lo que me has exigido. Hay momentos en los que desearía que la suerte nos sonriera de una forma distinta; que la época de vacas flacas termine y con ello tu regreso sea algo inevitable. Sin embargo, hice un juramento tiempo atrás; con abnegación lo cumpliré.

Me enfado por no comprender que otras pruebas nos depara el destino, que aventuras tengo a tu lado y si en verdad valen la pena. Rebusco entre mi ropa un encendedor. No acostumbro a fumar; desde que él nació, prometí que lo dejaría. Tendría una excelente madre y creo que la tiene; no sabes cuánto cuesta aguantar el llanto ante sus insistentes preguntas: ¿Dónde está papá? ¿Cuándo regresará?

Aspiro hondo y siento como el maligno calor del cigarrillo se adentra más y más. Un poco de humo se escapa de forma directa hacia mis ojos y ya no sé si es el culpable de que aumente el torrente de lágrimas.

“Aquí estoy, viéndote a lo lejos. No sé cuánto tiempo ha pasado. Tal vez unos seis u ocho años; pero, aún recuerdo lo terso de tus labios. El cómo tus manos impías rompían la barrera de apariencias y me demostraban que los sueños se pueden hacer realidad. Sigues estando hermosa. Si me he olvidado de tu voz, te ofrezco mis más sinceras disculpas; pues a través de este tiempo, me he arrullado en los brazos y con los cantos de otras más”.

Esto se está por acabar y debo volver a vigilar los sueños de él. Tiro lo que ha sido un objeto de imaginación y con la fuerza acumulada lo pisoteo para que nadie sepa que ha pasado aquí. Sé que afuera estás, que a lo lejos sabemos que el deseo nunca se acabará y que cuando te vuelvas a parar en este umbral, será como aquella primera vez.

“Ve a descansar, mañana hay mucho por hacer. No mires atrás. Y si lo has hecho con anterioridad, sólo úsame para amar. Porque tal vez llegue acompañado de millones de caricias acumuladas y besos alquitranados”.


Las nubes se van por culpa de la corriente de aire que surge de su corazón. Él es capaz de borrar todo lo invencible de nuestros caminos. Me recuesto sobre el colchón y me parece escuchar tu voz, aquella que confundo por culpa de temor de no sentir tus brazos a mi alrededor.

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