Setecientas noches y un millón de días.


Han pasado setecientas noches y tal vez un millón de días desde la primera vez que tu y yo decidimos rozar nuestros labios en aquella plazuela a altas horas de la madrugada. Embriagados por nuestros aromas corporales, jugueteábamos con las miradas que indiscretamente tomaban fotogramas precisos de la amplitud de nuestras siluetas.

Entre la multitud sabatina nos ocultábamos. ¿De quién? De nadie en realidad, pero sabíamos que teníamos que pasar desapercibidos; tal vez de la luna y su visión penetrante que explora las entrañas y saca a la luz todas las verdades. Al final como en todas las historias de amor, fuimos víctimas de su hechizo y nuestros pasos nos hicieron rodar fuera de los parámetros establecidos.
 
Fuera de nosotros, rompimos esquemas. No existió la pretensión acostumbrada en la prolífica noche de primavera; amantes e ingratos se encaraban con su destino. Los primeros hacían lo conveniente y se daban sin importar el riesgo. Los segundos solo desperdiciaban lo que ya tenían y buscaban oro en donde solo hay fango y cenizas.

Del fuego nacimos y al fuego volveremos convertidos en polvo. Polvo que con gracia del viento se dispersará por inimaginables rincones del mundo. Nos mezclaremos con agua de manantiales cristalinos y puros o de ríos turbulentos, reposaremos entre la hierba de la jungla o la ciudad, y seremos vagabundos errantes hasta que nuevamente retornemos a la hoguera.

Y han pasado setecientas noches y un millón de días desde aquel beso; y yo sigo esperando tu regreso.

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