Vorágine Espiral.

Toma un trago de mi copa; aunque sé que el sabor es demasiado amargo para tus jóvenes labios, sólo puedo recomendarte que te vayas acostumbrando a esa ausencia de exquisitez a lo largo de tu vida. Siéntate y ponte cómoda mientras me dirijo a la cava por otra botella. ¿Deseas bajar conmigo o prefieres esperarme con esas ansias fingidas por mi retorno?

Es maravilloso ver como mis frases intempestivas son tomadas con tanto regocijo y tus nervios se ven aplacados por tu necesidad de soñar con un futuro mejor, con la viva esperanza de la libertad de volverte una mariposa y emigrar al paraíso prometido. Ambos sabemos que esta cacería está pactada con un desastroso final.

Nunca imaginé tener que llegar hasta estos extremos, la noticia me ha sacudido por completo y me ha derrumbado como a un castillo de naipes. Se ha quebrantado mi voluntad y en tu piel buscaré finos gránulos de cocaína que me arrojen a la catarsis, aquella que ni en los dulces sueños o en las terribles pesadillas he podido encontrar. La noche sigue ejecutando su monólogo con una variable tan sombría: los estallidos de millones de partículas de agua que azotan los cristales este chalet.

Veo como las gotas se desintegran al chocar contra el resquicio del ventanal y por más que unas y otras se unan, siempre terminarán con la misma suerte. Así que ante esta analogía nos encontramos tú y yo: Camila y Roberto.

Mientras camino por el pasillo que da a la escalera que me hará descender, consigo evitar un poco el sopor del alcohol y recuperar la coherencia. Peldaño a peldaño y con las tinieblas invadiendo mi visión trato de recordar sus manos al amanecer, mientras en la cocina el aroma a canela y manzana comenzaba a rondar hasta mi nariz. No había mejor forma en que me diera los buenos días. Ya no son las tinieblas las que juegan con mi vista, ahora son unas cuantas lágrimas que asoman para caer al suelo, pero las retengo pues aún no es el momento de dejarlas ir.

Alcanzo a escuchar que has puesto uno de esos antiguos discos de vinilo en el viejo tocadiscos. Es curioso cómo es que a tu edad lo hayas hecho funcionar. Me doy cuenta que comienza a esbozarse una sonrisa entre mis labios y la interrumpo, puesto que lo nuestro son solo negocios carnales y nada más. Por la mañana ya no estarás y en estas paredes se habrán plasmado nuestras siluetas desnudas al hacer el amor. ¿O será conveniente etiquetarlo como desamor?

La sensación de regresar del inframundo es bastante contradictoria; estás frente a la chimenea y tu escote en la espalda logra su cometido. El inicio del fin da comienzo y me abalanzo sobre tu cuello con un fino roce de mis parcos labios. Las brasas se unen a la comparsa y arden con incrementada vivacidad. Dejas escapar una ligera risita casi imperceptible. Con tus pies descalzos y sobre tus talones giras en sentido contrario a las manecillas del reloj para que quedemos frente a frente; veo como tus ojos color esmeralda se transforman en portales hacia la vorágine espiral.

No hay necesidad de quitarnos la ropa. ¿Ha sido alguna llamarada lo que la calcinó, o nuestros cuerpos en verdad arden deseosos de placer?

Gemidos y arañazos.
Clamores empapados de sudores.
Orgasmos con colores.
Espasmos redentores al pecado.
Gracia divina del placer extrasensorial.

Afuera, la tormenta ha aumentado su brutalidad; sin embargo, el chalet sigue intacto y las gotas caídas y por caer se van evaporando.


Adentro, sólo se escucha un viejo tocadiscos y una botella yace en la alfombra frente a una chimenea. Dos cuerpos se unieron y flotan fragmentados por la habitación hasta plasmarse en las paredes.

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