Vi las hojas caer

Vi las hojas caer, de ese árbol, siempre el mismo. Pasa el tiempo y hay tantas cosas que cambian y algunas otras que jamás lo hacen. Renacieron las hojas y con ellas flores y sonrisas,  y un poco de olvido. No sé por qué pero otoño es mi estación de ti y de los recuerdos, intento contar las hojas que en algún momento tanto disfruté mientras caían, como el telón de un escenario,  algo irreal. Me habita el color marrón a través de los ojos, me traspasa el tiempo y la brisa que todo lo cambia cuando ya no existen flores, pero a pesar de todo siento afecto personal por mi otoño eterno. Espero escribir de ti el resto de mis días, no te concedo importancia es solo que de verdad amo el color final de las flores y de la tierra.
¡Siempre otoño!  Ese  que perseguí con un sueño en el que tú estabas, para encontrarme lo recuerdo muy bien, deshabitada de amor, vacía de flores. ¡Solo fuiste hojas secas! Mis manos temblaron frías y llenas de polvo, a ti te tomaba de la mano pero solo fuiste tierra que sople cuando exhalé sobre ti una sonrisa.

No tenias ojos, ni verdad, ni una pizca de amor, no naciste para mi otoño. Te miraba en los robles que se alzan en grandeza y magia, pero en realidad eras tan pequeño que solo te levanté de la tierra y te cargué entre mis frágiles dedos -en el único lugar que cabías-  entre mis hojas blancas y a veces en lo blanco de mis sabanas. 

Te hice parte de mi clima y temperatura, aunque eras frío como nacido en invierno o en un lugar de los que no tienen alma. No había aroma ni esencia, como si no existieras. En realidad existías porque mi otoño te había acogido, en realidad no pintabas en mi tiempo ni espacio  y aprendí a vivir fuera de mi mundo otoñal; en días cuando la nieve cae sobre mi rostro y no me puedo mover, cuando quiero gritar y la soledad no alcanza para abrir la esperanza; porque los he recorrido todos, cuando me alumbra el sol, me acogen las alturas y se volar; cuando el viento me inunda de vida y me incita a reír  y siempre llega el otoño justo y sin retraso. Camino la tierra que me alcanza, me detiene siempre a mirar el mismo árbol, el florecido y marrón. Me habita entonces la dicha, la risa, el recuerdo triste, siempre triste, de tu maldita mortalidad y pienso que tu no naciste para volar, y eras demasiado pequeño para habitarme y alcanzarme. Te puse en un roble pero tu semilla apenas alcanzaba para piedra o espina. 
El viento mueve mi cabello y el polvo raspa mi rostro, me hiere y enrojece mis mejillas y mis ojos, me toca como tus yemas raspando cicatrices invisibles, esas que te contienen y que no puedo borrar de mi sangre y memoria. Siempre un otoño de ti, siempre hojas secas que a cada paso que doy quedan enterradas en la tierra, que se mojan con mis lagrimas para devolverme flores y una débil esperanza, a veces puedo dar una enorme carcajada, agitar mis manos, besar otros labios, a veces solo quiero correr y llenarme de la placentera sensación que has causado en mi, que me llena las venas de ganas y coraje, que fluye vida y ansias de vivir. Pero a veces, solo a veces me abrazo al roble, me lleno de lodo, araño la corteza para desprenderte de mis uñas, para sangrar mis manos,  sacarte por fuerza de mis dedos y de estas ganas de escribir de ti; me trepo en el roble,  el terrenal y fastidioso roble, subo a las alturas y solo salto a oscuras llanuras de silencio, de viento que duele, de tierra que ensucia la memoria. Otoño ha dejado de existir, pero yo, vi las hojas caer.

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