Las piedras que lleva el rio
Las cinco de la tarde, es hora de
soltar mis delirios; se me antoja un poco el bosque porque hoy te siento húmedo,
tan terrenal como que hueles a tierra y musgo y percibo tus raíces clavadas en mi piel, levantándose de entre las
piedras que llevo en el corazón.
Si trato de mirar el cielo, te
elevas en la copa de un roble de un verde espeso que penetra mi mirada, que me
invade como brisa fresca llenando mis pulmones de otros aires; se destapan los
poros sellados y entras con tu sudor,
rociándome la memoria de la piel que florece de hojas verdes y por vez primera
me gustan las flores. He dejado de mirar las ramas, el corazón de lo oscuro,
que consume lo verde, que lleva todo a un abismo en el corazón de ramas secas
entretejiéndose de manera incomprensible, rodeando mi alma de una coraza seca
invencible; he tomado como asiento esa roca pegada a las faldas de tu tronco y
te huelo a madera, y para recargar mi cabeza me gusta tu aspereza y esas
palabras sin filtro que me danzan en la mente.
Envuélveme en tus ramas floridas,
en la inmortalidad de tu existencia, mientras oímos acercarse las aguas un poco
torrenciales, a veces calmadas… por sus orillas se posan aves que beben un poco
del veneno y males que arrastra el río, para volar después precipitándose a una
muerte segura, o de vicio e
intolerancia; pero ha llegado el lobo que lo arrasa todo, el ser de los ojos
mortales y felinos pensamientos, que zambulle sus fauces en el agua, violento,
sin miedo, no le teme a la marea ni al cauce salvaje.
¡Quien fuera como el lobo! Silencioso a veces
y expectante, asombroso como para querer morir victima de esa mirada que araña
los deseos y la locura. El lobo no teme al río ni a sus males; se deleita en
poseer y ser el amo y se deja envolver por la frescura diabólica de esas aguas
que abrazan, que seducen, como mujer fatal entre sus piernas. Pero el río
ahoga, asfixia, mata… mata aves pasajeras y mata también arboles, pero el lobo
es su favorito, el inmortal y loco, el amante del peligro.
Mira roble como se acerca el
lobo, amenazado, sin saberlo, por las piedras que lleva el río. Miremos, tú
desde la copa verde y yo desde la piedra, déjame llorar en la base de tu tronco
protector; quiero llorar la tragedia por mis cosas favoritas: el agua arrasando
todo a su paso y el lobo de ojos virtuosos. Déjame contarte mis secretos y mis
oscuras melancolías, déjame decirte porque se embravece el río cuando lloro…
cuando gimo; déjame rodearte con mis brazos y enterrarte mis uñas en tu piel de
madera, te mostraré las piedras con las que mata el río, te mostraré la pesadez
y la indiferencia con la que huyen las aves y corren los perros, pero el lobo…
el lobo me gusta y no me teme.
Me gusta su ignorancia al
peligro, y su carne caliente evaporándome; me gusta su silencio ágil para
recorrerme. Seamos testigos, tú el roble y yo la etérea ilusión del bosque; no
dejes que desaparezca el agua que alimenta tu mundo mágico, que jamás vuelva el
otoño, no me dejes nunca secar. Seguiré alimentando tus tallos y tus hojas
verdes, aunque hay males que se traga el río, aunque se trague al lobo, que jamás
salga de nosotros la muerte aquella del
ser de ojos violentos; dame un nombre distinto que vaya mas contigo, quiero ser
el musgo o la ingenua ave pero olvidar que soy las piedras que lleva el río. Porque
he secado toda vida, dejaron de crecer flores en la coraza seca de mi alma y
tire el dolor y la tristeza. ¡Claro que duelen las piedras! ¡Claro que matan! Yo
sé que puede morir quien se acerca a mi furia
en forma de corriente de agua, implacable, impaciente… sé que me temes tú
y me temen todos, y solo deseo detenerme un instante y vivir en las fauces del
lobo, en los ojos aquellos virtuosos. Te quiero a ti bosque, a ti mundo mágico e
infinito, te quiero agua que desbordas mi corazón y golpeas mi razón, que
fluyes con ganas desgarradoras, quiero todo de ti y tal vez nada, puede que
reciba de ti todo o solo las piedras, pero esas piedras serán llevadas por el
río.
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ResponderBorrarTe quiero roble!
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