Soledad.

A veces cierro los ojos y te anhelo...
esa compañía real que me lleva al abandono
y te deseo como vía de escape en las noches
de sombras y fantasmas sin nombre.
Surges del humo del cigarro que fumo cada fin de de semana, para contarte mis penas y las furias que me atormentan, para decirte que odio al hombre con rostro y odio al que ni siquiera existe.
Déjame arrastrarme al vórtice de la demencia
donde ahora tengo tan fieles amigos:
los delirios, la locura y ese trastornado ser
que se llama mi alma.
Caminé debajo de las sombras tantas veces,
creyéndome en el camino seguro,
pero un día descubro que yo soy el reflejo,
la ilusión y un sueño pasajero.
Descubrí:
que mi carne es un nido temporal para aves de otoño
y mi corazón es tan pequeño que se volvió obsoleto.
Soy la que nació como para no ser
y vivir siempre con los ojos mojados
y el corazón a pedazos.
Tan liviana para que el viento me lleve
y tan pesada como para habitarme yo misma;
los que bien me conocen
me llaman caótica, dominante, difícil,
y llega ese punto donde dejo de reconocerme
y olvido mi nombre y pregunto: ¿Quien es esa?
Me asquea un poco mirarme de lejos
como una extraña que llega a mentirme
contando historias extraordinarias de lobos y robles,
haciéndome creer que existen,
que la magia existe y que
mi corazón no es obsoleto.

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