Para ti, mi querido amigo José Trinidad
Francamente todo me ha tomado por sorpresa, he dejado pasar unos días para por fin poder asimiliar tu partida. Desconozco a ciencia cierta cuáles fueron las circunstancias que provocaron que nos abandonaras pero como en la mayoría de estos casos, de nada sirve buscar razones sino rememorar tu paso por esta vida.
Y es que esta vida nos juega tantas tretas que nos olvidamos por momentos que somos muy frágiles, al punto de siempre tener que tomarnos unos segundos para jalar aire a nuestros pulmones y aventarnos al vacío de lo desconocido, a la fría inmensidad llamada eternidad.
Lo primero que pasó por mi mente tras recibir la noticia y colgar el teléfono, fueron tantos recuerdos de nuestra juventud; tristes y alegres, de eso se trataba la etapa de la preparatoria.
Primero fue la manera en que nos conocimos. Acababa de llegar de Acapulco a una nueva ciudad, incorporarme a la escuela y buscar un espacio entre los clanes parecía una labor apabullante pero al final fui adoptado por el grupo de "los inadaptados", personalidades con fuertes convicciones a las que nunca les interesó el querer encajar con las normas establecidas.
Creo que por algo pasan las cosas y Arely, Noemí, David, tú y yo encajamos a la perfección en ése primer intento de camaradería que se volvió en un lazo de amistad que imaginamos, duraría para toda la vida. Fue por esos días, en las primeras salidas después de tomar tantos apuntes contables, que por un descuido decidiste confesarme tu secreto.
Al principio creíste que saldría corriendo insultándote pero francamente creo que mientras las personas sean felices, no importa a quién le dediquen sus oraciones y los más suaves versos. Hasta la fecha doy gracias que se hayan dado de esta manera las circunstancias, pues pude comprobar que no hay fuerza más grande en la faz de la Tierra, que el amor al prójimo.
Así comenzamos lo que denominamos el "Punto G", aquel grupo de jovencillos que compartían la tarea, la comida, sus risas y hasta sus llantos. Con el pasar de los días, algunos intentaron adherirse: unos los consiguieron y otros nos miraban con recelo. Y es que no es por alardear, pero con franqueza aseguro que si existía un común denominador en la dinámica, era que cada uno tenía una individualidad única.
Superamos el primer, segundo, tercer y cuarto semestre. Al iniciar el último año de la carrera técnica, decidiste que era momento de separarte porque los demás no te merecían. ¿Dolió? Claro, no te imaginas en que magnitud. Aunque razonablemente ya eramos un poco más maduros y comprendíamos que a los grandes amigos no se les puede tener atados para siempre.
Y al final, llegamos a nuestra graduación. Recuerdo que días antes estuvimos practicando el cambio de escolta y de último momento nos avisaron que en lugar de los uniformes escolares, era indispensable que nos presentáramos con traje. Yo no contaba con uno y para ser más sincero, no supe si estaba al alcance del bolsillo de mis padres obtener uno. Pero una tarde, ya casi para anochecer, llegaste a mi casa con uno que pertenecía a tu familia. Creí que era en calidad de préstamo y que al cabo de unos días te lo devolvería; sonreíste y dijiste "no te preocupes por eso, te lo regalo".
Obviamente ya no conservo el obsequio; crecí y embarnecí pero el gesto desinteresado y la buena voluntad nunca se borrarán de mi memoria, incluso tu típica frase "tienes cuerpo de pordiosero" es una de las que suelo usar cuando a alguien le queda una prenda a la perfección desde la primera puesta.
A eso le agrego una corbata, ésa color café que un día llevabas puesta y sólo por decirte que estaba bonita, inmediatamente deshiciste el nudo y la extendías hacia mis manos diciendo "toma, te la regalo". Por azares del destino sufrió un accidente en alguna lavada, sólo que aún la tengo guardada con el resto de corbatas que no uso desde la universidad.
Mientras escribo estas líneas bebo una copa de vino y ya me he fumado un cigarrillo. Esto esta provocando que más vivencias me golpeen la realidad y sonría para seguir contando algunas aventuras.
Como por ejemplo cuando te dieron tu carro, aquel color azul en el que trepabas a todos y no te importaba acabarte la gasolina, siempre y cuando el destino final fuera que todos nos la pasáramos poca madre. Carnes asadas, paseos a los parques, tareas en equipo y fiestas por la noche.
O que tal cuando fuimos a Chapultepec en una excursión que nos colamos porque alguien (yo no, por supuesto) tenía pactos con una de las "diablitas" de esa escuela del Estado de México.
Y para ser más sincero, cómo olvidar cuando fuimos los responsables de poner en jaque a todos los directivos de la prepa, travesura que culminó con la creación de un consejo estudiantil que durante algunos meses se dedicó a hacer el bien y siempre estuvo en contra de los atropellos del director y sus secuaces. A esto hay que añadirle la obra de teatro (pastorela) que hicimos y en la que tuviste una gran actuación como maniquí.
Finalmente pasaron los años y a pesar de la distancia mantuvimos contacto. En dos de las últimas pláticas siempre me mostraste una actitud positiva ante la vida y te llenaste de júbilo cuando te conté que estaba trabajando en el museo, añadiendo el hecho de que la obra de Fernando García Ponce era una de las que más te gustaban y sentías envidia por que yo todos los días tenía acceso a ella. ¡Eso que importaba! Trabajabas en Bellas Artes y era algo que te nutría el espíritu.
Te vamos a extrañar José Trinidad, dejas un vacío irreparable que ni escuchando un millón de veces "Non regrette rien" de Edith Piaf, se podrá llenar. Gracias por cruzarte en nuestros caminos y demostrarnos que se puede ser una gran persona sin importar las adversidades y señalamientos de los que nos rodean, porque la mayoría de las ocasiones tememos a aquello que desconocemos pero si nos damos esa oportunidad, podemos descubrir a grandes personas.
Hasta el infinito querido Trino.
Que le paso?? Por favor dime :(
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