Rumores de noviembre
¿Escuchas ese rumor que perturba el silencio de la noche?
Por eso me quedo en vela entre la transición de estos dos días, para descifrar los murmullos de los que alguna vez estuvieron entre nosotros y hoy son recuerdo.
Siempre queda a la deriva la pregunta latente: ¿cuándo?
Y es que su beso aún distante nos aguarda a millones de años luz, sin embargo la calidez de su regazo es tan similar a la que experimentamos al ser expulsado a esta realidad. Figura maternal a fin de cuentas, la Muerte comparada con la progenitora suele ser más imparcial. No contiene su amor ni su deseo de arrullarte hasta el final por el color de piel, dogma o profesión pero se basa en ser racional pues ante una bienvenida se vislumbra un final.
Un ladrido rompe la quietud de este nocturnal e imagino que están por llegar, esos a los que llamo "fieles difuntos". Porque con el pasar de los segundos voy confirmando que sus vidas han sido inciertas, erradas, plagadas de mentiras y secretos que nadie escuchó, evidenció o juzgó.
Atrás, hace unos cuantos meses me jactaba de no tener muchos muertos. Hoy es diferente, la lista empieza a crecer, no de manera estrepitosa pero si con la tendencia de arrasar con todo. Por eso la pernocta.
Salgo, hay frío de noviembre y la humedad se cuela entre los huesos. Acomodo en el piso la taza de café y titiritando prendo un cigarrillo, es mi única ofrenda, sencilla pero sincera. Trato de recordar mi nombre entre el humo y la cafeína; soy Florentino desde hace un par de lunas, eso me hace feliz y se me nota por la sonrisa dibujada en el rostro.
¿Cuánto puede durar la felicidad? Realmente, nada. Son momentos que se escapan vertiginosamente como globos desinflándose que se estrellan contra lo que encuentran a su paso. Así es el amor, estrepitoso y ruidoso. Imagino que no fue un sentimiento ajeno a mi abuelo, Enrique. Él se fue este año, en agosto para ser preciso, unos días antes de mi cumpleaños.
Tuve el ímpetu de querer escribir sobre lo que viví y platiqué con él, ha sido imposible. Busqué una foto reciente juntos y no hallé nada. Eso lo ha complicado más, algo parecido a la ingratitud se va acumulando con los recuerdos difusos y por esto que estoy aquí, esperando que entre el rumor me diga que estamos en paz.
Enrique fue un claro ejemplo del "fiel difunto" pues cumplió con vivir como se tiene que vivir. Con secretos regados, sonrisas arrebatadas y el respeto que siempre nos inspiró. Era congruente dentro de la maraña de ocurrencias y discursos dictados en cada reunión familiar, esos monólogos que iniciaba con seriedad y solemnidad pero que por azares de la tertulia finalizaban con un hombre un tanto molesto al que casi nadie le prestaba atención. Yo era de los pocos que quería llegar al final y buscaba esa enseñanza escondida entre sus arrugas y blancos cabellos.
Por eso creo que siendo ahora Florentino, es mi deber llegar hasta el final de la misma manera. A ciencia cierta me siento dubitativo sobre si podré inspirar el mismo sentimiento que nos dejó su partida y que nada tiene que ver con la crudeza y fatalidad que acompaña a un cortejo fúnebre al cementerio, sino a una gran tranquilidad.
No por cerrar el ataúd y rezar decenas de rosarios se llega a este punto, pienso que hay un punto de quiebre para cada uno en la búsqueda de la resiliencia. Durante el sepelio fui duro conmigo y mi función fue abrazar a los demás, brindar un poco de alivio al dolor a través de las palabras o el silencio nada más. Al volver a su hogar, entre la multitud de hijos, yernos, nietos y amigos de Enrique, no lo pude encontrar. Así los ojos se me llenaron de añoranza, se incrustó un dardo en la voluntad y las lágrimas brotaron con la fuerza de mil cascadas que emiten un estruendo ensordecedor, un llanto amargo que se transformó en satisfacción.
Sí, en la satisfacción de haberlo conocido durante casi veintinueve años y él en su papel de abuelo y bisabuelo nunca falló, siempre fue el mejor.
Sigo envejeciendo, levantarme todos los días y mirarme al espejo me dan un indicio que se reafirma al ver la sonrisa de Natalia y Olivia al entrar a su habitación. "Cuida mucho a esa cabroncitas, están hermosas" fue una de las últimas frases que me dirigió. Ansío emular su legado y llegar más allá, ansío poder tener esos gestos de amor con cada persona a mi alrededor y en un futuro no muy lejano, ser el encargado de dar los discursos en el apogeo de alguna reunión.
Gracias abuelo, sin ti es probable que no fuera quien soy.
Está amaneciendo, aún hay frío pero el sol se encarga de disiparlo. Queda mucho por recordar, por detallar y narrar, habrán más noches gélidas pero definitivamente las primeras noches de noviembre son las ideales para intentar escuchar su rumor.
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