No es un aroma más.

¡Estamos locos!, pensé. ¿Qué destino en su sano juicio querría que tú y yo nos besáramos esa noche?

Francamente creo que ninguno pero fueron nuestros labios los que no soportaban esa lejanía, que aún sin conocerse estaban seguros que habría un antes y un después. Y así fue.

Salimos a tomar unos tragos, tenía poco que acababa de llegar a la ciudad y no conocía técnicamente a nadie. Siempre me he caracterizado por mi apatía para relacionarme, mi falta de gracia para contar chistes o simplemente el flirtear. Me preguntaba constantemente que nuevas aventuras me esperaban acá y cuando esbozaba una pequeña sonrisa de lo que llamaremos felicidad, me forzaba a ocultarla.

Toparme contigo esa tarde no fue casualidad.

Caminaba sobre la avenida principal, huyendo del frío me adentré a la cafetería que está sobre la calle 26 con 15, a un costado de la torre más moderna del lado septentrional del hemisferio. Al abrir la puerta un aroma me atrapó, había tantos estímulos en el aire: canela y manzana, café y anís, pan recién horneado. Pero había uno más, el tuyo.

Nuevamente sonreí y aunque quise guardar la postura, mi expresión se quedó congelada aunque no de frío sino de calor. Te paraste a un lado mío, extendiste los brazos y recibiste un taza de chocolate, me pediste una disculpa por pisar mi zapato derecho pero a sangre helada, hoy puedo confesar que no lo percibí. Supuse que mi falsa mueca te iba a espantar; todo lo contrario, te presentaste y comenzamos a charlar.

La candidez es uno de tus rasgos más sobresalientes y se acompaña con la calidez que mostraste al invitarme a tu mesa.

Aquí hago una pausa. No sé que rayos te conté que en unos cuántos minutos parecíamos los colegas de años atrás. Tengo noción que al sentarme el efecto se acabó.

Acababas de concluir un mes terrible de proyectos del trabajo, citas con clientes y proveedores, problemas con los superiores. ¿Cómo lo supe? De eso versó la charla que tenías con tus compañeros de la oficina, los cuales debo aclarar, tenían una cara de espanto por mi presencia.

A ti no te importó, te esforzabas por meterme en la conversación, por hacerme sentir uno más. Y lo hice, tenia varias noche de no sentirme así, acompañado.

Regreso al punto de tu aroma, sigue sin tener explicación. En un primer momento olía a galletas recién horneadas, al arribar a la mesa fue como un fuerte Cabernet Suavignon del sur. Eso me embriagó, me aletargó y me transformó en el humano más accesible de la faz de la Tierra.

Mi debut fue todo un éxito, a tal punto que me diste tu número telefónico y más tarde continuamos la conversación por mensajes. Me invitaste a comer al otro día.

¡Comida mexicana!, dijiste apenas me viste salir de la terminal del metro. ¿En esta ciudad?, pensé.  ¡Que más da!

Caminamos, no tengo certeza si fue mucho o poco, a lo mejor lo necesario pues te conté cosas básicas sobre mí. De dónde venía, el motivo de mi mudanza, mi familia que dejé atrás, las ansias por acoplarme a esta normalidad. Mostraste interés y justo cuando llegamos a la puerta del restaurante me tomaste de la mano y me dijiste que todo iba a estar bien. 

Entramos, me dejaste escoger la mesa y elegí una pegada al ventanal; si algo salía mal en esta comida por lo menos tendríamos algo que mirar durante los silencios incómodos. 

Vimos el menú y habían platillos que no conocía. Fue épico escuchar la manera en la que me recitabas la lista de comidas empleando un acento particular, imitando a los de allá. Elegí un "pambazo" y tú un "tamal" y una orden de tacos. Bebimos unos tequilas y mezcales mientras de las bocinas del lugar salían melodías como "Cien años" de Pedro Infante, "Querida" de Juan Gabriel o "Ella" de José Alfredo Jiménez, esa que dice "quise hallar el olvido al estilo Jalisco, pero aquellos mariachis y aquel tequila, me hicieron llorar".

¿Que por qué te cuento esto? Porque esa tarde al calor de las copas me confesaste (y me juraste por tu "jefecita") que querías huir, irte a México a buscar el amor, de ese bonito del que hablan sus canciones y películas. Y yo, pues obviamente me puse a investigar.

En fin, nos vimos unas cuatro veces más, salidas casuales sin nada de formalidad y solo con la promesa de divertirnos como buenos amigos.

Pero llegamos a esta noche, algo traías entre manos desde días atrás. Para mi sorpresa, llegaste en carro y me llevaste a un bar a escuchar rock. Comimos, bebimos, nos reímos del vocalista de la banda que no pronunciaba bien el inglés, y volvimos a beber, una y otra vez. La plática fluyó de una manera magistral, se escapaba fácilmente en el aire como el humo del cigarrillo que compartíamos. 

Dieron las doce, la una, la dos y las tres, y evocamos a Sabina. Groso error, porque inmediatamente comenzamos a filosofar del amor, de la traición, sobre cuánto duran los peces de hielo en un whisky "on the rocks". Nos faltaron cigarros y pedimos más, la vida ya no nos importaba en ese instante. Yo ya no era yo y tú seguías siendo tú.

Te ofrecí fuego y ese acto te encantó, era un crimen no aprovechar tal oportunidad. Accioné el mechero y lo extendí hacia tu rostro que quedó iluminado para desvelarme el instante en el que mordías el cigarrillo y tu labio inferior. La llama ardió y con un temblor guardé el artefacto.

Me disculpé y me dirigí al tocador, necesitaba un momento para recuperar el aire que me había sido robado por la combustión de mi interior. Abrí el grifo, tiré un poco de agua en el rostro y me miré fijamente en el espejo. 

"Tanto pediste detener, ese momento de placer, antes de que sea tarde", se introdujeron del sonido de las bocinas esas palabras mientras alguien más entraba al cuarto. No había duda, la noche tenía que continuar.

Bajé rápido, le hice una seña a la camarera para pedir la cuenta del consumo, regresé a la mesa y me senté para beber lo último de mi trago y darle una última fumada al cigarro.

Un "vamos, te llevo a casa" fue la confirmación de que sabías que había recibido tu mensaje.

Prendiste el coche, aceleraste y tomaste un rumbo desconocido. Me pediste permiso para poner música y asentí. "Esto te va a encantar", murmuraste.

Tu aroma: ¿tabaco, cuero, café amargo, chocolate oscuro? No sé, pero mis labios te querían probar.

No me importó que condujeras el vehículo, aproveché una gran recta para acercarme a tu cuello y besarlo. Te gustó porque me volteaste a ver y tu sonrisa emergió.

Me pediste que mirara las estrellas y así lo hice, me tenías preparado tanto placer. Sin dejar de conducir apagaste las luces del exterior y el cielo estalló. Me tomaste por el cuello y me acercaste a ti para vivir esa colisión,

¡Estamos locos!, pensé.

Pero el destino más loco y estúpido lo permitió.  "Es una excelente ocasión para encadenarnos aquí", te susurré.

Aceleraste el motor, sus revoluciones hicieron mella en nuestro interior. Amé tu destreza: una mano en el volante, la otra tomándome del cabello y tus labios mojando los míos con cada milla recorrida.

Cerré mis ojos y dejé que me llevaras hasta ese final, transitando en la oscuridad de la noche en línea recta guiados por las estrellas, ascendiendo más y más, huyendo del frío de la ciudad y adentrándonos a lo desconocido en esta nave sideral.

P.D. En mi bitácora de viaje quedó registrada una colisión, cuerpos celestes fueron hallados sin mostrar daño alguno. A veces, solo a veces, cuando tomo esa misma recta, un aroma me abraza y me hace creer que puedo viajar una vez más, a un nueva ciudad y dejarme llevar por el aroma de alguien más.

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