La penosa canción de Joaquín.
Somos el
resultado de la suma de momentos perdidos,
asentimos
con total beneplácito esos instantes temidos.
Cautivamos
al somnoliento girasol y a la alegre rosa,
pero no nos
fijamos que nuestra acción es deshonrosa.
Robamos
tiernas fantasías que emergen en un prostíbulo,
complacientes
damiselas reparten tiernas y finas caricias.
Viajeros y
fugitivos frecuentes rondaban en el vestíbulo,
se abrigaban
con las lúgubres, pero cálidas risas ficticias.
Te sentaste
a mi lado y tu silencio se convirtió en una losa,
tenía una
infinidad de deseos, todos ellos estaban prohibidos.
El erotismo
que desbordabas me incitaban a una sola cosa,
era llevarte
a mi cama y poder por fin, saborear tus gemidos.
Nos
abríamos paso entre toda la multitud y sus inmundicias,
llegamos jadeando
a la puerta con el calor en cada músculo,
Proseguimos
a desvestirnos, contemplar las vastas delicias,
nuestras
siluetas sombreadas fueron el perfecto estímulo.
Emergieron
palabras incomprensibles, la piel era deseosa;
cien noches
estrelladas de pecados táctiles cometidos,
culminaban
entre tus piernas y tu alma pura y desdeñosa;
la música a
lo lejos nos recordaba que fuimos bendecidos.
Simulamos
ser dioses, profanamos fríamente un versículo;
se secarían
nuestras manos en el venidero crepúsculo.
No importó
en lo absoluto tener infinidades de avaricias,
nuestros cuerpos
extasiados pagarían todas sus codicias.
La mañana
llegó y el sol dejó a todos por parejo derretidos,
tus tersos
senos reposaban entre mis manos sometidos.
La brisa
por el ventanal presagiaba la vida esplendorosa,
tu primer
mirada se convirtió en agua pura y melodiosa.
Admiré por
última vez tu espalda tan sensual y cadenciosa,
llevabas
arrastrando tu desnudez que te hacían gloriosa;
no hubo un
adiós, ni mucho menos un amor corpúsculo,
en mi
penosa soledad, te lloraré como un hombre ridículo.
Comentarios
Publicar un comentario