Lasciva realidad.

Y empezamos entre las cobijas, recitándonos palabras tiernas que salen casi solas en el momento en que la desnudez le gana a la frivolidad. Enamorarnos no era la intención de principio, pero al final el destino nos hizo una de esas jugarretas que conviene enmarcar en nuestra sala de descanso, para el resto de nuestros días. Los besos se escapaban a la par de las risas, nuestras miradas se cruzaban y por ciertos lapsos sentíamos esas cosquillas en el estomago; la juventud volvía a nuestros cuerpos, aquellas ruinas que ansiaban esa volatilidad de colores y movimientos que les permitieran, a lo mejor, por última vez probar de ese gesto peculiar.

Mi nariz tocaba tus mejillas y mi sentido del olfato se veía bendecido con tu fragante aroma a virginidad. Es curioso, pues las hojas secas que dejaste con tu andar al llegar hacia mi, me pudieron haber engañado por completo. Pero a la razón decidí guardarla bajo llave en la gaveta de mi buró y decidí determinadamente vestirme con la inocencia, la esperanza e ilusión, propias del niño que espera sus regalos. Eres un enigma enclaustrado en mis cuatro paredes; el destino me dio este corto espacio y lapso para medirte con mis caricias, analizarte con mis labios y liberarte con mi deseo.

Sabíamos que teníamos todo el tiempo del mundo.

En realidad, le exigíamos a la vida lo que por derecho natural nos merecíamos. Robarle esos últimos soplos nos permitía a ambos, sellar ese minúsculo hueco en el alma; por que no hay castigo más lascivo, que la soledad de dos amantes distanciados por azares del destino.

Lo terso de nuestras pieles denotaban el goteo de los segundos sobre nosotros, plasmaban en conjunto historias de alegría y devoción a nuestras fechorías nocturnas. El ir y venir de planicie en planicie nos ayudó a no tener la necesidad de medir la magnitud de las pisadas de la locura invernal que nos demolía con cada espasmo, pues su vaporosa calidez nos embriagaba de efusivos síntomas orgásmicos.

Afuera, en el mundo irreal; la gente caminaba apurada con dirección en su casa, los niños jugaban en las calles y parques aledaños, los pajarillos trinaban encantados de rama en rama. Todo era una calma y orden total.

Si bien es cierto que nada dura para siempre, nosotros ya no gozábamos de ese privilegio. Arriesgamos todo cuando decidimos que era el momento justo, la ocasión ideal para echar a andar nuestros instintos preservados e incorruptos. Tus cabellos se perdían entre mi vientre, no alcanzaba a distinguir el límite del infinito y la continuidad de la esencia; absorbías y lamías el resquicio de mi vitalidad, amortajabas el receptáculo de mi arrogante egocentrismo. Sobrepasaste los senderos de mi sexualidad.


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