Eterno petricor
Decidí venir esta noche a visitarte porque van
dos días que llueve en la ciudad y por las noches me es imposible dormir.
Ciertamente es un atrevimiento de mi parte
llegar de la nada, pero creo conocerte y algo me susurra al oído que a ti te
sucede igual.
- Estás
empapado, deja subo por una toalla para que te seques. Acomódate en la sala si
gustas; hace tanto te esperaba y como vi que no llegabas, me prometí no
emocionarme si algún día lo hacías. Disculpa mi frialdad.
¿Cuál frialdad?, pensé. Desde que puse un pie
en tu hogar he sentido como en mi piel, mis poros se alimentan del calor que
emana de ti, de tu respiración y de esa sonrisa adornada con hoyuelos, de ese
cabello castaño que has recortado más allá de los hombros. Y de esos ojos, de
esa mirada con la que no puedes engañarme.
-
¿Hace
cuánto que no te veía? ¿Una semana, cinco meses, ocho años o tal vez desde hace
seis vidas?
- Lo
suficiente – interrumpiste con un tono de enfado bien interpretado, como el que
se usaba en las películas en blanco y negro.
-
¿Suficiente
para qué?, respondí.
-
Suficiente
para llegar al aquí y al hoy. ¡Vamos, sécate lo más pronto o te resfriarás!
-
Hace
una semana estuve así, sabes lo mal que me pongo.
Quiero mirarte a los ojos pero tu instinto
animal de supervivencia te ayuda a escapar de la habitación. Miro alrededor, en
sus paredes no hay colgados ni cuadros o fotografía alguna. Solo me abstrae el
blanco de ellas, la ausencia de color. Mis pies descalzos sienten la textura de
la alfombra, me relaja y provoca que me olvide de la tormenta, de sus truenos y
relámpagos… del ayer.
Estoy sentado en un sillón azul infinito, ya
sabes cual, el azul que percibes cuando te quedas mirando al cielo durante
horas tumbado sobre el césped y penetras en ese trance provocado por el fino tacto.
¿Hace cuánto que no me dejo llevar al espacio exterior?
De la cocina se escapa el aroma a manzana y
canela, suena el chillido de la tetera y el tintinar de las tazas. Regresas con
té sobre una bandeja y la asientas sobre la mesilla de centro.
-
¿Dos
cubos de azúcar?
-
No,
solo la mitad de uno.
Con una cuchara lo partes, lo depositas en la
taza y revuelves hasta que se deshace por lo cálido de la infusión. Por dentro
así me siento, derritiéndome por el momento y por estar junto a ti una vez más.
-
Cuéntame,
¿de dónde vienes ahora?
-
No
lo sé, no tengo recuerdos de las últimas horas. He llegado de milagro, anduve
deambulando por las calles de la ciudad y en verdad que son tan distintas
cuando las nubes dejan caer su torrencial. Un laberinto, eso se transforma este
lugar en noches como esta.
Agarro la taza con prisa sin medir lo caliente;
inevitable fue la quemada y el rictus de dolor.
- Imagino
que no tienes intenciones de irte pronto, ¿o me equivoco? - sueltas con tu ironía inconfundible.
Mentiría si te digo que no me quiero largar,
aunque por dentro sabemos que cuando despiertes me habré esfumado. Una
costumbre nociva para los intentos de recuperar nuestro tiempo perdido. Mi
silencio da la razón a la interrogación.
-
Anoche
tuve una reunión con algunos amigos de la escuela. Bebimos, bailamos y cantamos
como si hubiese mañana. Platicamos de tantas cosas y entre ellas surcaste en mi
mente. ¡Mala suerte la mía por invocarte!
-
¿Ah
sí, y qué pensaste de mí?
-
Momentos,
los de siempre. Los que fueron y los que no pudieron ser. Pero basta de forzar
esto, ¿a qué has venido?
Acorralado, así me siento ante tu
incertidumbre. Cuando uno sube al infinito, la gravedad hace de las suyas y te
sujeta con todas sus fuerzas para devolverte al piso, a la realidad. En las
entrañas sientes como un vacío se apodera de ti y no salen las palabras para
gritar ante la vertiginosa caída, lo callado te asfixia y nubla la razón.
-
¿Tienes
whisky? A pesar de la taza de té, me siento un tanto friolento y la ropa sigue
empapada.
-
Sí,
todavía conservo tu favorito, lo defiendo ante cualquier amenaza. Por ejemplo
anoche a eso de las tres de la mañana, me descuidé tantito y alguien estuvo
husmeando en la vitrina, encontró la botella y estaba a punto de repartirla
cuando regresé y evité tal atrocidad. Puedes tomarla, ahí está. Mientras subiré
por una pijama para que te cambies.
-
Gracias.
De manera sincronizada nos levantamos, subes
las escaleras y yo abro las puertecillas para sustraer el licor. Tomo dos vasos
y regreso al sillón. Se ha esfumado el aroma a manzana y canela, y en su lugar
un perfume de lavanda delata tu pronto descenso. Con mis manos temblorosas
sirvo dos tragos hasta la mitad.
Has cambiado tu atuendo, ahora llevas puesto
una bata blanca. Tu silueta hace que parezcas un fantasma, una aparición
envuelta en un halo de misticismo. Cuando dejas el último peldaño en automático
me pongo de pie y me acerco. Me desvías con un movimiento con el brazo y pides
que me cambie, extiendes la pijama y cierras los ojos.
-
Avísame
cuando hayas terminado, no quiero que me juegues una de tus bromas.
Tomo las prendas, me despojo de la camisa y
pantalón que escurren más que lluvia. Seco mi cuerpo con la toalla y me visto.
Por un momento pienso en hacerte esa travesura, pero desisto, no deseo que
verte molesta.
-
Listo,
puedes abrirlos ya. Sí, ya me he cerrado hasta el último botón.
-
Te
queda un poco holgada, por la mañana puedo hacerle unos ajustes…
Guardas silencio y te dejas caer sobre un
sillón individual.
-
Puedes
sentarte a mi lado.
-
Estoy
bien aquí, quiero mirarte detenidamente y comprender por qué te empeñas en volver
en momentos como este.
-
Tú
tienes la respuesta, sabes que si por mi fuera me establecería aquí y dejaría
de lado mi vida de nómada. Solo está en que me lo pidas.
Te extiendo el vaso de whisky y dudas un
instante en recibirlo. Accedes y siento tu mano sobre la mía. Los pulsos se
aceleran y exigen un primer trago. Ardiente y abrasivo, así es como mejor se
define la sensación de ingerir alcohol en una noche lluviosa. Las dudas se
despejan y te levantas para acomodarte junto a mi.
-
¿Te
molesta si fumo? - me preguntas.
-
Para
nada. Yo traía una cajetilla entre mis pertenencias pero imagino que debe estar
hecha añicos. Regálame uno para hacerte compañía.
La atmósfera se vuelve trémula y la rompemos
con el chocar del cristal. Prendes un cigarrillo y extiendes la caja para que
tome uno. Me das el encendedor y lo acciono, aspiro y mis pulmones reciben esos
aires malignos que modifico en una bocanada en la que expulso el último ápice
de temor. ¿Temor a quién o hacia qué? Un segundo trago nos devuelve a que
estamos sentados en el mismo sillón.
-
Lavanda
– exclamo.
-
Correcto,
veo que no pierdes el olfato. ¿Dime que más percibes?
-
Además
de la manzana y la canela, percibo que no he sido el único que ha estado bajo
la lluvia.
-
Correcto,
llevo dos días que salgo al atardecer para encontrarme con el ocaso.
-
Y
te has tumbado en el césped, huele a que recién lo han podado.
-
Sí,
ahí he esperado a que llegue la noche y empezar a contar las estrellas que
aparecen sobre mí. Pierdo la cuenta cuando las nubes hacen su aparición y antes
de que se deje caer su grisácea y gélida precipitación, rompo en llanto de
frustración.
-
Entiendo,
el temporal no es buen amigo de quienes vivimos en soledad.
-
¿Quién
te dijo que estoy sola? Anoche han venido a visitarme unos amigos y días atrás
tuve que recibir a mi familia. El hecho de que esté aquí enclaustrada no quiere
decir que no tenga una vida social.
Los cigarros se terminan por consumir en el
cenicero que reposa entre la botella de whisky y los vasos, los cuales hay que
rellenar. Procedo y busco tu mirada para distinguir tu gesto de aprobación. No
hay sorpresas, me detienes en la mitad. Yo, sobrepaso el límite y llego casi al
tope.
-
Salud.
-
¿Por
qué brindamos?
-
Más
bien es para qué. Te apuesto que después de este trago la lluvia se esfumará y
el cielo estará más que dispuesto a que claves tu mirada en él. Así podrás
contar las estrellas que tanto deseas.
-
¿Y
tú estás dispuesto a contar estrellas?
-
Es
posible, incluso en mi incursión hallaré una nueva constelación.
-
¿Y
qué estás esperando?
Te giras mirándome retadoramente. Acaricias mi
mano derecha y el cielo se está despejando. En el mismo plano, te despojas de
la bata que escondía un baby doll blanco transparente que deja ver tu silueta,
que me deja contemplar tus lunares en el cuello que construyen un camino en
descenso. Notas mi interés por ellos y me susurras al oído:
-
Tengo
más por todo el cuerpo, son como estrellas de miel.
-
Y
yo tengo uno sobre mis labios, no creo que sea una mala idea explorarlos uno
por uno hasta formar una constelación.
-
O
una galaxia.
Mi boca inicia el recorrido por los más
pequeños alojados en tu garganta, deslizándose hacia los que se hacen notar
más. El alquitrán, la lavanda y el aroma a canela con manzana catalizan las
palpitaciones, tu cuerpo se alinea con el mío y las manos desnudan a la piel. Es
hermoso como en cada roce de lunares una descarga eléctrica se percibe en
nuestras espaldas, como nuestras columnas vertebrales entran en un vaivén que
va de la suavidad a espasmos de placer.
-
¿Quieres
tocar mis senos? – dejas escapar entre un gemido.
Quiero ir lento; afuera dejó de llover y no hay
prisa por llegar al final. Me recuestas sobre el sillón y te montas en mí, lo
haces contoneándote con una parsimonia idéntica a la del mar después de un
ciclón. Abres el baby doll y dejas escapar una perspectiva que hasta hoy me era
inimaginable.
-
Ven,
dile a tus labios y lunar que aún queda mucho por explorar esta noche.
Antes de que termines la frase ya me he
incorporado para escalar esa cordillera, ese par de volcanes dormidos que
ansían entrar en erupción para dejar correr tu pasión más allá del vientre. Si
tuviera que explicar la tersa sensación que experimenta mi boca al apretarse en
ellos, me faltarían las palabras. Solo atino a expresar que ni en la otra vida
existiría un manjar tan exquisito en la mesa del señor.
El trayecto va tomando forma, es un andar que
tarde o temprano ocurriría. Jamás te había visualizado con tal erotismo,
posiblemente una vez en mis sueños te apareciste para entablar estos juegos de
seducción y de ahí surgió el deseo.
Te muerdes el labio conforme sigo descendiendo
por tu vientre; he perdido la cuenta de los lunares que adornan tu cuerpo, el
número de estrellas que construyen tu cosmos. Instintivamente con la mirada me
pides cambiar de lugar, de ser el eje sobre el que gire todo a su alrededor. Te
tomo por la cintura, me levanto y siento como tus piernas hacen presión, doy la
vuelta y ahora reposas en ese sillón azul, yaces en el infinito.
Mis pupilas están dilatadas y notan con mayor
facilidad los astros por seguir. La colisión es inevitable y nuestras dermis hacen
fricción, los poros se abren y la sala se llena de la fragancia de la
intemperie: césped recién cortado bañado por gotas de rocío y sudor.
-
Anhelaba
sentir tus manos, esas que construyen, destruyen y reconstruyen las palabras,
el significado de lo tangible y lo indescriptible. ¿Por qué has desviado tu
camino en constantes ocasiones?
Ahora son tus piernas las que danzan en el
aire, ahí hay más camino que recorrer y las beso con devoción pues son los
pilares que sostienen tu cuerpo, templo en el que ocurre el milagro del ser. No
soy profano, más bien un peregrino que busca morada, un sitio para descansar
con libertad.
Tu candidez queda de lado y me tomas por el
cuello para dirigirme hacia tu entrepierna, ahora la calidez es la que emerge y
me guía por los recovecos de tu sexo, por los sinuosos senderos por donde fluye
el néctar de la lujuria y sordidez. Dejas a mi lengua abrirse paso y saborear
plácidamente el líquido contenido en tu oasis.
-
¡Sigue,
no pares! Dame tu mano y siente el palpitar de esta supernova. ¡Llévame al
cielo y hazme explotar!
Tomo tu cadera, te acomodo y tus muslos hacen
lo demás. Clavas tus uñas en mi espalda y me besas para mitigar ese rico dolor,
poco a poco lo olvido y notó la salvaje fricción de mi pene en tu cérvix, el
aumento de temperatura derrite nuestros cuerpos que se diluyen como el helado
en la boca, como la vela que ilumina en la oscuridad y pelea por no desaparecer.
Son los planetas que se alinean, la luna que
domina las mareas, es la ola que sacude a la arena y nunca regresa a su forma
original… amor, pasión, deseo, ¿qué se yo?
-
Te
quiero así.
-
También
te quiero así.
No hay pacto ni afrenta con el tiempo, la
relatividad nos engulle y escupe a orillas del agujero negro de la eternidad.
El placer es un momento que no puede medirse con ninguna escala, pensé. Tu voz
entrecortada alcanzó a decir:
-
¿Hasta
la eternidad?
-
Hasta
la eternidad.
La velocidad de la luz nos alcanzó y nuestros
cuerpos hicieron explosión, catarsis en un universo ajeno fuera de la
comprensión.
El sol resucita y una brisa que se cuela por la
única ventana de tu habitación revuelve tu cabello y los recuerdos de la noche
anterior.
Abres los ojos y finges buscarme. Sabes que presente
no estoy.
Sobre el tocador hay un boleto de avión y una
hoja de papel que resguarda una dirección.
De abajo llega una mezcla de aromas: té de manzana
con canela, césped recién cortado y petricor.
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