La fábula de un ave.


Mi ciclo había terminado, sentí morirme y tuve miedo, deje sentir mis años en este mi cuerpo y de muchos; mi plumaje pesaba, más que por sí mismo, por las visitas extrañas que se adentraron mas allá de mis entrañas, mis huesos estaban quebrados por cada pisada de aquellos que por mi vida pasaron.

Mi corazón ya no latía, solo susurraba en secreto que buscaba morir a pesar de ese instinto natural de mantenerme con vida. En aquel rincón de soledad me escondí de la presunción de aquellos cielos por los que tantas veces me deje seducir, sentía vergüenza de no poder corresponder con una danza al vuelo.

Me oculté donde la luz no se filtraba por ningún rincón, y al hacerlo me fundí en una ceguera donde no podía ver el deterioro que amenazaba con apoderarse de mi existencia. Me abandoné en la penumbra donde solo podía sentir, sin mirar, la tristeza con que cada una de mis plumas se dejaba caer.


Una tormenta se acercaba y no fui capaz de  levantar mis alas. La furia de aquella lluvia sonrió a través de un trueno, que con victoria anunciaba mi incapacidad de volar sobre ella por vez primera.

Me sentía rendida, la luz, los cielos y la fuerza estaban en mi contra; las pocas plumas, aún luchando por permanecer cubriéndome del frío, estaban empapadas. Había caído de una alta colina fuera del alcance de mis compañeras aves, nadie podía ayudarme.

¿Alguna vez vieron morir a un águila en el suelo? Aun para morir y abandonar este mundo los cielos me tendrían que estar esperando. Con lagrimas en mis ojos, no se si abiertos o cerrados, pues la obscuridad es la misma, me abandone ante aquella noche.

Un día desperté y el sol brillaba con tal intensidad que me atraía a penetrar aquella fuente de interminable belleza, no podía pensar en otra cosa sino en ir con el sol, no es que olvidara mis condiciones físicas, es que un ave jamás olvida volar.

Así que, en un movimiento automático comencé a elevarme, la luz pudo servirme para mirar hasta ese momento el resultado de la vergüenza y la destrucción. Entonces, volví mi rostro hacia aquel rincón  y mi cuerpo seguía tirado, inerte sin una sola pizca de vida. Pero yo estaba volando, no era posible que mi mente pudiera aceptar aquella imagen. 

Me di tristeza, me di pena, sentí lastima por aquel caído en la obscuridad y como si aquel caído no fuera yo, regrese a mirarme, le di tantas vueltas a ese cuerpo como si las murallas de muerte fueran a caer en Jericó. 
Con tristeza después de un rato acepté que ese cuerpo ya no volaría a mi lado. Mi alma no podía seguir dejando mi cuerpo a la deriva y en aquel rincón de miseria y obscuridad. Mi poca inteligencia, que surge de repente contraponiéndose a mis instintos, cogió un espejo, lo coloqué entre esa luz hermosa que seguía llamándome y mi cuerpo sin vida. Un haz de luz atravesó el espejo y al tocar mis plumas mi cuerpo ardió en llamas. Esperé paciente que cada una de mis plumas y de mis órganos fuera convertido a cenizas. Cuando de mi no quedó ni la ultima pluma de mis alas, con el polvo quise plasmar mi existencia, el día de mi muerte tenía que ser mejor que el día de mi nacimiento, y como un ave fénix, que resurge de sus cenizas, escribí mi nombre en las paredes que me rodeaban.

Después de eso, un mundo, una vida me esperaba  a través de la libertad de mi alma. Así que mire al cielo, lo anhelé, los soñe, lo desee, levanté mis alas y volé.

 

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