La golondrina sólo anidó.
Murmullos repetidos cautivan los desordenes
provocados por la caída de la noche en la isla. Como presa fácil, comienzas a
emprender la huida hacia un punto seguro dentro de lo desconocido; la ironía de
tus palpitaciones van en aumento y lo hueco de tus pasos entre la maleza
espantan a las criaturas malévolas que rondan tus pensamientos. La insospechada
oscuridad te vuelve una saeta con cada milímetro que recorres, pero tu poca
visión te merma la seguridad y la noción entre lo lejano y lo irreal.
Torrentes intermitentes de insospechada
adrenalina recorren tus arterias, escuchas tu nombre entre el flujo de aire que
va visitando benévolamente cada árbol y cada flor que sucumbe ante la joven
oscuridad. En el cielo, la primera estrella hace su aparición; como en aquel
pasado no lejano, deseas con todas tus fuerzas regresar a la odiada sociedad.
No estás solo, su presencia te acompaña.
Precisas de controlar tus impulsos; tu vida
depende de la falta de pericia de tu victimario, desconocido bosquejo en los
poros de tu piel y en la frente llevas marcada la señal de la cruz que protege
el caos que desbordas en tu sudor. Frío y calor se disputan tu sensibilidad
corpórea, para al final dejarte a la deriva del abismo devorador de plegarias.
El crujir de la madera, la inestabilidad del equilibrio alborota a los más
indefensos. ¿Pero quién en ese lugar podría serlo más que tú? ¿Acaso la
avaricia de muerte te catapultará a lo desconocido dentro de lo desconocido?
Invisibles redes aprisionan tu andar y tus
movimientos se convierten en la parsimonia antecesora de la derrota. La
exhalación de “aquello” a tus espaldas, atosiga tu nuca descubierta a una fatal
mordida; los reflejos de tu cuerpo juguetean con la sensación de sentir tu piel
y músculos desgarrarse con el filo de sus colmillos. La idea seductora de este
fin te pone a dudar por un momento si la lucha aún vale la pena, o en su
defecto, entregarte a sus fauces y yacer plácidamente con cada triturar.
Inhóspitos parajes te presentan perfectos lugares
para el fin del crimen. Su olor te embarga en la plenitud de tus rezos y
sientes el toque del inframundo en tu centro astral. Luces en la lejanía, el
color rojo te eleva al máximo y comienzas a correr desenfrenadamente. Tus ojos
te han engañado en la jungla negra, pues el grupo de luciérnagas atípicas tintinean
el color de la sangre, ellas podrán reír con tu gesto de inanición. La
golondrina anida sin percatarse de lo sucedido.
MAJESTUOSO!!! :) YA TE EXTRAÑABA!!
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