Azrael...
Una vela encendida, unas flores, un recuerdo… tradiciones en creencias de antepasados, de ensueños.
Hoy, Azrael camina errante por el sendero entre la vida y la muerte creando un sonido cual hojas calcinadas, provocando un dulce escalofrío de eternidad.
Acaso podríamos resistir a tan sutil suspiro, tan macabro, tan cruel; se podría hacer oídos sordos a sus dulces palabras que imitan la brisa invernal.
Se le ve pasar, ermitaño, con recelo y en compañía de su guadaña, galante, en espera… tan sensual y suave como la locura, desea a un mortal apacible a quien hacer sentir su corazón frío, gélido como hielo perpetuo y que aprecie el dulce sabor del beso de la fría muerte que lo congela en el tiempo.
A lo lejos un llanto desolado, las ilusiones se hacen cenizas en un rincón, y la angustia arranca los mendrugos de esperanza de los sueños que quedaran guardados para siempre en un cajón.
Ahora solo hay un paso hacia el silencio, la ventana se cerró… su partida ha dejado atrás la ilusión de un mañana, un futuro que se ha desvanecido ante mis ojos, ¿será acaso este mi destino? Sufrir, llevar este sentimiento conmigo hasta el fin de mi existencia, será la manera de purgar mis pecados, caminar como un despojo sin rumbo fijo hasta que algún día mi alma choque contra un cielo nublado fantasmal, negro como el ébano.
Es la condena, Azrael invadió cada gota de su ser ya no hay salvación, ha cortado los latidos de su corazón sin piedad alguna… ahora es un fuego apagado, una palabra inerte, rastrojos de polvo insostenible, un vagabundo errante y nada mas.
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