Perversiones y vicios de un hombre.
Hablando enteramente en mi calidad de hombre,
en el sentido específico del sexo masculino, quiero hacer constar que la
presente confesión no intenta ser petulante y mucho menos demeritoria a la
condición con la que hemos nacido, crecido, reproducido y muerto. Al final de
ésta, cada uno es libre de hacer las críticas y anotaciones pertinentes; sin
olvidar que las palabras aquí vertidas, son el resultado de la sinceridad y
solemnidad dignas de una testificación.
En la antigua Roma, cuando un hombre ejecutaba
un juramento, lo más recomendable era apretar sus testículos. Esto en señal de
que lo dicho era la total y única verdad. Así pues, mientras mis dedos tocan
esta melodía en el teclado de la computadora; prosigo a testificar las
“Perversiones y vicios de un hombre”.
Definamos rápidamente la palabra perversión, la
cual proviene del latín pervertere y
que significa volcar, invertir o dar la vuelta. El término se hizo muy popular
entre los psiquiatras y psicólogos que dieron fundamentos para la sexología. En
resumen y en mi buen castellano lo entiendo como desviaciones sexuales.
Por otro lado vicio tiene múltiples sinónimos,
entre los que destacan: falta, depravación, exceso, mala costumbre, afición,
desviación. Su definición puede ser la siguiente: “Hábito que se considera
inmoral y degradante para quien lo efectúa”. Ambos actos son mal vistos por la
sociedad y el ejecutarlos implica infinidad de etiquetas que te marcan hasta el
último día de tu vida.
Ahora sí, prosigo con lo que me compete.
Mi principal perversión puede causar una gran
ámpula en muchos de las conocidas y desconocidas que tendrán la fortuna de leer
estas líneas. Mujeres queridas y adoradas, independientemente de que la mayoría
de las veces trato de mirarlas a los ojos cuando interactuamos, me es
completamente inevitable el tener que desviar la vista hacia sus senos. Véanlo
por el lado amable, si en alguna ocasión me han cachado realizando esta acción,
quiere decir que ustedes están bien dotadas para poder amamantar a sus hijos.
Ojo: no me gustan los senos tan grandes y mucho menos los invisibles.
Otra cosa en la que me fijo de una mujer, es
sin lugar a duda las caderas. Cuando “selecciono” (y lo entrecomillo, ya que
ustedes siempre son las verdaderas seleccionadoras), a una fémina para salir a
tomar un café, al cine o para un encuentro sexual; trato de que sus caderas me
inciten a algo más. Créanme, es un placer poder observar cómo se contonean
enfundadas en un lindo pantalón de mezclilla o una hermosa falda.
No puedo jactarme de ser un excelente amante;
para esto tendría que hacerme el amor y comprobarlo. Pedirle la opinión a
alguna de ustedes sería bastante pretencioso y a final de cuentas, he tenido la
fortuna de poder compartir largas sesiones de café o cerveza y enterarme de la
verdad en ese aspecto. Aprendí lo siguiente y puedo catalogarlo como mi primer
vicio: “Jamás confíes en una mujer”.
En esta onda de las relaciones sociales, aplica
el hecho de que “no todo lo que brilla es oro” y “caras vemos, calzones no
sabemos”. Esa desconfianza es igual de involuntaria que el quedarte huérfano;
es ley de la vida que lo serás y lidiarás toda tu vida pensando una y veinte
mil veces en dónde estuvo el error. Pues bueno si no confió en ustedes es por
la simple y sencilla razón, de que a raíz de aquellas pláticas amenas, descubrí
que fingen demasiado con nosotros y alardean aún más con sus amigas.
Puedo oír a lo lejos toda clase de clamores y
hasta mentadas de madre a mi persona…
Amo todo aquello que implique una suficiente
porción de riesgo, estamina y testosterona. Fútbol soccer, americano, rugby,
peleas callejeras, automovilismo y películas de acción. Sin embargo también me
gusta lo sofisticado: un buen libro, una copa de vino, un puro y música. Los
antes citados a mi parecer, me colocan en una situación un tanto ventajosa.
Puedo decir con total certeza que mi máximo
vicio y perversión son estas cuatro cosas. Aún busco una palabra para
englobarlos y así tener que evitar dar una larga letanía. Bueno, pues que por
qué motivo son mi máxima perdición estas tres cosas de la vida. A continuación
la respuesta final.
Nunca me he considerado una persona “común”. Si
serlo, implica ser tendencioso y hasta cierto punto manejable; me declaro
totalmente culpable y que me lleven a darme de azotes hasta que mi piel se abra
como botón de flor. Sé que crecí con la vieja escuela marcada en cada palmo de
mi pensamiento y en cada gota de sangre; sin embargo reniego de la misma
condición tradicionalista y mando al carajo las buenas costumbres cuando se
trata de darle rienda suelta a mis pasiones.
Me encanta poder sentarme a disfrutar de un
libro, leerlo pausadamente e imaginar todo aquello que me plantea; creo que los
libros “clásicos” son básicos para todos. Una verdadera lástima de aquel que
nunca haya leído uno solo de aquellos vejestorios. Para ayudarme a refrescarme
la garganta y la mente, me gusta añadir una copa de vino o en su defecto un
café.
El vino tiene dos virtudes esenciales. La
primera es que es la analogía perfecta de la mujer, pues hay vinos jóvenes y
añejados. Los jóvenes tienen ese ímpetu y fuerza que al primer trago te pueden
hacer dudar de su calidad, sin embargo tu gusto se vuelve adicto y eres capaz
de terminarte la botella. Los añejados por su parte, son garantía de excelencia
y pulcritud; sin embargo corremos en la mayoría de los casos a ser tendenciosos
y dejarnos llevar por la etiqueta. Cuando compren una botella de vino, revisen
de donde proviene la cosecha, es de vital importancia que la tierra de donde
nació la vid sea nutrida y firme.
Cuando por azares del destino falta el tónico
de Baco, bueno es el café. Aquí también haré un par de anotaciones para que
comprendan mi pasión. En primera instancia se puede tomar frío o caliente, todo
depende del estado de ánimo y las condiciones climatológicas. Si hace calor,
conveniente es un frapé; si los pingüinos andan rondand, cálido deberá ser.
Puedes invertirlos, ya que el cuerpo humano puede engañarnos mentalmente y
provocar que si juntas el frío con más frío, este quede eliminado y viceversa.
Con respecto al sabor, pondré sobre la mesa
otra analogía con las mujeres. Hay con cafeína, sin cafeína; naturales,
orgánicos y hasta tostados. Amplia gama. Yo recomiendo el tostado de Córdoba,
Veracruz; posee un encanto sin igual. Ahora, la cantidad de azúcar es el meollo
del asunto; hay quienes siempre lo toman con una o dos cucharadas (cubos) por
lo regular. Error caballeros, al café como a la mujer hay que saborearla al
natural y si nos es posible sorberlas en el punto de ebullición. No hay como
contemplar esa taza humeante que despide infinidad de gestos extrasensoriales y
que pocas veces nos detenemos a contemplar. Sólo lo bebemos y listo. Otro error
y creo que el más garrafal; el café debe hacer un paseo desde la punta de los
labios, penetrando hasta nuestra boca y ahí debe permanecer unos cuantos
segundos para que así, continué su camino hacia el estómago. En el final
siempre hay el reconforte.
El tabaco calma la ansiedad generada por las
múltiples ideas que recorren mi cabeza, a la par de interpretar un libro.
Genera paciencia y solemnidad por un lado, para que por el otro, de forma
categórica funja como catalizador y mate aquella parte que se ha vuelto
completamente inútil. Las palabras y un cigarro tienen el mismo grado de
mortalidad. En exceso, saturan y crean cánceres físicos y mentales. En pequeñas
dosis hacen lo mismo, sólo que ansió llegar a viejo para perderme en mi locura
y mi cáncer.
Sin la música, esta vida sería el mismo
infierno. Me gusta la idea de creer que cada que presiono “Play” en mi celular,
en mi PC o mi estéreo, alguien más lo está haciendo y con la misma canción. Amo
el tango, la música clásica, el rock, el pop, la banda, la música prehispánica
y hasta el sonido del silencio. Así es, el silencio también tiene su melodía;
te invito a que un día la descubras, sólo no te desesperes.
Pues aquí termina mi testificación y sólo me
queda agregar una cosa.
Mi mayor vicio y el motivo mis perversiones es
la mujer…
P.D. Cuéntaselo a quien más confianza le
tengas.
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