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Entropía

Así me gusta tocarte de lejos, con las fugas de pensamiento que provocan los tuyos y a veces cuando te miro ocurre esto:  Se rompen las frágiles dudas que te contienen y sucede este fenómeno entrópico que tiende a desgastarlo todo entre sórdidos secretos cada vez más oscuros y al mismo tiempo más profundos, un intercambio que obliga lo irreversible, lo que me ausenta de mi forma y carácter  para caer al caos de tu obstinada mente, que me conduce al desvarío, a desearte de forma desahuciada. Alguna vez creí que tu irregularidad  me impulsaba a un orden más complejo, pero el caos también sabe gobernarse. Y entonces te lo diré en ciencias exactas, así,  como me envejece la carne o cae la nieve sobre lo verde, como se congelan las nubes centellando el cielo en colores, así como se erosiona la tierra es  irremediable no desearte, la catástrofe de mi lujuria impaciente por alcanzarte. Lo supe cuando me acercaste un día a tu...

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Reducto

No entiendo pero a pesar de todo anhelo tu regreso; hace tiempo dejé de seguirte el paso, de mirar tu espalda, solo tu espalda. Cerré los ojos cuando miraste hacia otros campos sin luz, sin certeza, me entregaste un poco de flores sin sol ni agua. Vaciaste tus bolsillos para irte mas ligero, a llenar de flores sin espinas otras manos, quedé en el vórtice de aquella despedida suspendida entre preguntas y dudas, jamas volví a ver tu cara.  ¿Tenías rostro? ¿respirabas? Y es que una o dos o tres veces abandoné el camino y a todo trayecto, atajo corto o largo a través del frío y del otoño, y llego siempre al mismo punto donde te encuentro a unos cuantos versos, inalcanzable mirando hacia no tengo idea donde. Eres sombra de miedo, razón de olvido, sazón que duele en la memoria. ¿Tenías rostro? pregunto. Lo que me duele tenia un rostro, ahora casi borrado, como soplido de viento muy muy lejano, como sonido apenas perceptible... un murmullo de ese lugar que llaman sombras, nocturno ...

Portada 5

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Guernica ( Gernikara) Pablo Picasso, 1937 Óleo sobre lienzo 776.6 cm x 349 cm Cubismo Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, España

Vi las hojas caer

Vi las hojas caer, de ese árbol, siempre el mismo. Pasa el tiempo y hay tantas cosas que cambian y algunas otras que jamás lo hacen. Renacieron las hojas y con ellas flores y sonrisas,  y un poco de olvido. No sé por qué pero otoño es mi estación de ti y de los recuerdos, intento contar las hojas que en algún momento tanto disfruté mientras caían, como el telón de un escenario,  algo irreal. Me habita el color marrón a través de los ojos, me traspasa el tiempo y la brisa que todo lo cambia cuando ya no existen flores, pero a pesar de todo siento afecto personal por mi otoño eterno. Espero escribir de ti el resto de mis días, no te concedo importancia es solo que de verdad amo el color final de las flores y de la tierra. ¡Siempre otoño!  Ese  que perseguí con un sueño en el que tú estabas, para encontrarme lo recuerdo muy bien, deshabitada de amor, vacía de flores. ¡Solo fuiste hojas secas! Mis manos temblaron frías y llenas de polvo, a ti te tomaba de la mano pero...

Nuevamente aquí.

Aquí, donde lo real se convierte en fantasía y lo ficticio en nitidez; es momento de desprenderse del cuerpo. No hace falta refugiarse en lamentos, que finalmente reposarán sobre el piso; las lágrimas fluyen en sentido contrario y ascienden hasta el cielo. Ahí donde tantas veces me prometiste llegar y fue tu colérica existencia el impedimento de la hazaña. Un vestido de novia bañado con champagne está colgado en el viejo ropero de Judith; han pasado tantos años y se observan finísimas partículas de los besos fragmentados surgidos de los labios de Noe. Las polillas se detienen atónitas ante el, desconocen cual es la causa que las paraliza y corren violentamente en círculos; es tanta la confusión que chocan entre ellas mismas, una batalla es iniciada como consecuencia y se escucha los dientes crujir. La bestialidad que se experimenta en ese espacio e instante, es apenas insignificante. Afuera, a muchos kilómetros de ahí, la sangre caliente es derramada sobre el desierto...

Portada 4

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Hombre leyendo a la luz de la lámpara ( Lesender bei lampenlicht) Georg Friedrich Kersting, 1814 Óleo sobre lienzo 47.5 cm x 37 cm Romanticismo Museo Oskar Reinhart, Suiza

¡Cómo no he de quererte!

Son las tres de la mañana, la noche ha dejado de esperar, por un poco entonces, por casi un silencio de distancia, un camino indefinido de sombras acompañan el compás de una noche seductora. La llovizna de mediodía es el tema principal, entre tu voz temblorosa y tus cálidas manos que llevas hacia la apenas visible superficie de mi piel. Hay una historia, comienzas a decir, si te quedas quieta te la podría contar. Me abrazas entonces, me envuelves en el tiempo, me atrapas tocando el límite de la memoria; ese laberinto jamás terminado de nuestros caminos cruzados. La trágica, la invisible e inevitable historia que ha volteado su rostro para ir por otros caminos, que nos abandono a mitad del trayecto, siempre dañina y solitaria, la que marco tu camino para jamás caminar conmigo. En el vaivén del frió que nos acompaño en aquella alcoba, encendías mis años y mis pocas ganas, tocaste ese profundo hueco que ha dejado tu ausencia, y en m...

Definitivamente, tal vez...

Tiempo atrás creí que mi existencia radicaba en mi soledad y el egocentrismo. Tal vez fueron tu compañía y tu exquisita charla las que me empujaron a pedirte que fueras mi compañera de travesuras. Un poco después, descubría a una persona que me demostraba cosas ocultas. Cosas que sólo una vez se demuestran en la vida y que jamás las volverás a repetir del mismo modo. Tal vez fue esa estampa de mujer intrigante la que captó mi atención y me hizo decidirme a aventurarme a descubrirte aún más. Te pedí brincar un ligero precipicio y comenzamos a trazar un sendero de mañanas rociadas de café, tardes de indiferencia y noches de amenizantes charlas confidentes de besos y caricias puras. Tal vez fue el sabor y lo terso de tus labios los que me atraparon por completo y descubrir la esencia de la vida como tal. Rompimos esquemas absurdos. Entre lo prohibido y lo permitido, lo moral e inmoral, entre tu corazón y el mío; buscamos ese espacio de libertad. Tal vez han si...

Ya no hay luz.

Un poco de felicidad para esta ingenua complicidad me pides. No quiero fallarte, te digo, aunque al mirarte solo callo, apago la voz   del tormento y el fracaso. Te observo tan pleno y no sé como gritarte que ya no seguiré tus pasos. Mientras corríamos, ambos queriendo devorar el mundo, debo admitir que he caído. He roto mis rodillas intentando inútilmente incorporarme al camino. Volviste, es cierto, y parece que no estoy destinada a seguirte el vuelo. ¿Reconoces a esta ave que tienes enfrente? Porque alguien ha cortado mis alas.