El beso
-Solo te puedo imaginar de una forma en el
futuro.
-¿Cómo?
Entonces volteé, observé su cabello ser acariciado por el viento al mismo tiempo que el sol posaba su luminosidad escurridiza filtrada entre las ramas de los árboles que nos rodeaban.
Antes de escuchar su respuesta, decidí encender un cigarrillo.
-Sabes perfectamente que me molesta que fumes, te
estás haciendo un mal.
Decidí no responder a su postura de samaritana y
mientras aspiraba y exhalaba el humo en otra dirección, simplemente tenía la
intención de tener una prueba fehaciente de su percepción. ¿Tan importante me
era su opinión?
-Te veo escribiendo, trabajando para un diario
importante. Incluso te visualizo vestido con un traje impecable de color azul
marino y un portafolio en una de tus manos.
Sus hoyuelos me tenían absorto; basta decir que me
hundía en ellos y deseaba poder deslizarme entre la curva de su sonrisa.
Nuestra juventud se quedaba guardada bajo llave cuando ambos coincidíamos en el
espacio y el tiempo. Era mi último año de preparatoria, a ella aún le faltaban
dos; yo tenía decidió mi camino profesional.
-¿Y tú cómo me crees que me veré en el futuro?
Quise contestar: “a mi lado para toda la eternidad”.
Pero de qué valdría abalanzarme sobre su aparente fragilidad, si aún faltaba
tanto camino por recorrer.
-Nunca me has contado que tienes en mente cuando
salgas del colegio. Aunque das destellos de tener mucha seguridad cuando hablas
ante una multitud. Abogada u oradora. Incluso me atrevo a
asegurar que tienes un don para la política.
Y así pasó el tiempo. Llegó la graduación y tras la
ceremonia, si llegué a verla en un par de ocasiones posteriores, probablemente
esté mintiendo.
Era tarde y el camión llegaba atrasado. Faltaba una
hora de trayecto y ese tiempo me serviría para estudiar los apuntes para mi
último examen final: semiótica. Como pude saqué el monto de mi pasaje, subí la
escalinata y todavía al costado de chofer, seguía contando el dinero. Veintiún
pesos con todo y descuento escolar. Caminé por el pasillo hasta la parte
trasera; tengo una estúpida creencia sobre los riesgos del índice de mortandad
en accidentes automovilísticos.
-Hola, tanto tiempo sin vernos. Juro que ahorita que
se detuvo el camión aquí, pensé en ti.
Ella entrando de nueva cuenta en mi vida, como una
descarga eléctrica que borró cada partícula de información en mis neuronas.
Patético fue intentar responder al saludo y antes de poder articular palabra
alguna, busqué obtener el roce de nuestras mejillas, escuchándose el
característico sonido del “beso fingido” como saludo.
-También tuve intención de visitarte, pero en
este segundo año las materias se han vuelto un poco más
complejas y casi no tengo tiempo para pasar por tu casa.
-Ni lo digas, la ingeniería se ha convertido en un
completo martirio. ¿Me creerás que reprobé una materia en mi primer semestre? ¡Una materia!
Habíamos cambiado demasiado. Desde la forma de
expresarnos verbal y físicamente, nuestro modo de vestir; pero principalmente,
la manera de mirarnos. El trayecto casi llegaba a su final y un solo
pensamiento se azotaba contra mis paredes mentales: ¿acaso era este el momento
para posar mis labios sobre los suyos?
-Bueno, aquí me bajo. Nos cambiamos de casa, pero mi
novio pasará por mí.
Descendió. Ella se quedó y se convirtió en la nada. Yo
siendo nada, ya no podía degradarme más. Del examen, sólo puedo decir que tenía
muy buena salud.
Buscar trabajo es algo que requiere de un alto grado
de compromiso personal. Principalmente si tienes en mira una próxima boda. No
había ninguna presión, pero ahora que lo pienso existía esa idea del “amor
único y real”. En mi Facebook, se iluminó el ícono de “solicitud de amistad”.
¿Quién rayos será ahora? Su nombre y su fotografía asaltaron a mis pupilas, su
aroma embriagó la sala y temí que mi prometida lo percibiera. Clic y listo.
-Hola, ¿cómo estás?
-¿Un café? ¡Claro! ¿Te parece la próxima semana? Tengo
que ir a resolver una cuestión por aquellos rumbos y me gustaría platicar
contigo. Pero dime, ¿cómo te va en la ingeniería? Yo acabo de terminar, espero que
en menos de un año ya tenga mi cédula y título.
Como si fuera un ladrón, salí aquella tarde con la
brillante idea de decirle a mi novia que me quedaría a dormir en casa de un
amigo y no volvería hasta el otro día. Alguien más se encargó de que las cosas
que nunca ocurrieron, sucedieran en su mente.
Nos sentamos en una banca frente a la fuente
inservible de la plazuela. Ambos tomando café frappé en temporada de frío.
¡Vaya par!
-¿Eres feliz? Lo que alcancé a ver en tu muro es que
hacen una bonita pareja y se aman mucho. ¿Te casarás? ¿Estás seguro?
Mi silencio fue suficiente para responder ambas preguntas.
-¡Lo sabía!
Te conozco y sé perfectamente que no serías feliz viviendo de esa manera.
-¿Nos volveremos a ver?
-Eso depende de lo que decidas. ¿Hace cuánto que no
nos veíamos? ¿Dos años o poco más?
“Para mí ha sido una eternidad”, pensé.
-Debemos de vernos más seguido. Prométeme que nunca me
dejarás tanto tiempo abandonada.
Y recostó su cabeza sobre mi hombro. Así cambiaron las
cosas.
Lo repentino siempre te lleva a tocar fondo. En mi
caso, tuve siete días para enfrentarme a mi examen de titulación y los invertí
de la siguiente forma: cinco días llorando y deseando morir, y los dos
restantes repasando una montaña de apuntes. Con la primera fase en la bolsa,
emprendí el viaje hacía casa. Fui recibido como era de esperarse. Ahora sólo
quince días me separaban de culminar la obra.
-¿Qué te parece si nos vemos el fin de semana?
-No puedo, tuve que salir de la ciudad. Pero regreso
en quince días para mi prueba final.
-¿Te puedo acompañar?
Regresar a ver la cama, el tocador, la alfombra y ver
como de las paredes emergían siluetas que chocaban una y otra vez, mientras la
fricción evaporaba su esencia. No hubo sueño.
Un mensaje de texto en el celular: “Estoy en la
terminal de autobuses”. Mi respuesta: “No te muevas de ahí, en seguida paso por
ti”.
Vestida de negro y con nuevo corte de cabello. Siempre
tan innovadora y al final, hermosa.
Pasamos la línea de fuego y oficialmente el fin había
llegado. “Gracias a todos”, murmuré.
Celebramos en un café bar; el tiempo se
esfumaba como la vida de una de las presentes. “Hacen bonita pareja. Se ven muy
bien”, fue su opinión. Jamás la volví a ver.
Irónico, pero tampoco a ella la volvería a sentir tan
mía, tan cercana y real, tan deseable e indomable. Simplemente sentí como me
tomaba de la corbata y comenzaba a deshacer el nudo.
-Tú tienes mi bufanda y yo me quedo con esto como
recuerdo de esta noche maravillosa.
“Quédate con mis manos para que cada mañana recorran
tu piel y con el roce se alboroten todas las partículas de tu vivacidad. Toma
mis labios y déjame sentir que ni la muerte es capaz de alcanzarme al probar de
tu elixir. Ten piedad y pídeme que te entregue mi cuerpo, éste que sólo espera
despojarse de todo y desfallecer entre gemidos y orgasmos”.
Son casi diez años de ser, pero en realidad la conozco
de toda una vida. Por eso la elegí para crear un mundo, en el que solamente
ella y yo comprendemos por medio de las letras, cosas que a simple vista no son
ni imaginadas. Aparentamos felicidad y dicha sobre un terreno que fue víctima
de abrasivas pasiones y sensaciones que endurecieron al carácter.
-Me agrada la idea, solamente tú y yo. Me declaro tu
admiradora número uno.
-Y yo digo lo mismo.
Así han pasado poco más de cien textos; charlas con
café, tequila y whisky; y sorpresivamente hasta me acompaña a fumar, mientras
que un simple par de pantallas nos permite observarnos como si estuviéramos en
un aparador.
Furtivamente la vi por última vez hace unas cuantas
noches atrás.
-Te amo.
-No me digas eso. Además, tienes que venir para que
salgamos a bailar.
-¿Solamente para bailar?
La noche y la luna, siempre serán las mejores musas;
pero ninguna como ella. Ahora, estoy velando el sueño de mis realidades. “La
vida es ese juego en el que tomas lo que necesitas o desafortunadamente pierdes
hasta un tanto más”.
Me levanto, salgo a la calle y prendo el único cigarro que
me queda. Pronto saldrá el sol y mañana temprano hay una nueva hoja que
plasmar, una nueva piel que tatuar.
“Y sí, actualmente ella empieza a ver logrados sus
sueños. Tiene un empleo que probablemente le agrada y puedo asegurar que
llegará muy lejos. Por mi parte, aún no tengo un traje y un portafolio; sin
embargo, escribo para un periódico local. Ella ha visto tanto en mi, que en
ocasiones temo que esa sonrisa acompañada por sus hoyuelos, sean signo de una
respuesta que sólo será descifrada con ese primer beso anhelado”.
En algún día, de algún mes, del año 2014.
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