Juego de azar (Parte Dos)
De afuera se escuchó: “¿me dejarás más tiempo esperando o abrirás la puerta?”. El ritmo cardíaco de Marco volvió a la normalidad a la par que abría para toparse con el rostro de Diana completamente ruborizado de cólera. “Mira que dejarme esperando en la oficina, sabes que odio la impuntualidad y peor aún todo este misterio; ¿acaso no era más fácil que fueras por mi y haber llegado juntos?”.
Antes de que prosiguiera con la letanía de quejas, las palabras quedaron ahogadas por un beso ansioso y desesperado. Diana mantenía el mismo color rojizo, pero ahora era por obvias razones. “Lo sé mi amor, sé que odias mis manías pero creo que hoy no es momento para discutir. Te he citado aquí porque quiero que celebremos un año más de estar juntos, de compartir nuestras vidas.” Ella pasó quitándose el abrigo y dejando el bolso en el primer lugar que encontró, miró a su alrededor y sintió una calidez característica de que Marco había puesto su empeño y dedicación para pasar una buena noche.
Dejando de lado la molestia, comenzó a experimentar convulsiones olfativas; era el aroma más placentero que había sentido en todo el día y una tranquilidad la embriagó justo cuando una mano conocida le extendía una copa de vino tinto. “Cosecha del año en que nos casamos, no me preguntes cómo la conseguí. Bueno, te puedo decir que si escuchas que alguien asaltó y asesinó a un par de ancianos, no tengo nada que ver con ese hecho”. La ironía y el sarcasmo se tradujeron en risas escandalosas que sucumbieron cuando ella lo miró con el ceño fruncido.
Sin pensarlo dos veces y para evitar regaños instó a un brindis. Las copas chocaron y sus gargantas se resecaron por el primer sorbo, un beso siempre es el aliado para humedecer los labios. Ambos caminaron hacia la cocina, las flamas de la estufa estaban apagadas, pero un par apenas se iban encendiendo; el roce de su piel al momento de servir la comida asemejaba al acto de prender un cerillo. La fricción es la base del calor, el inicio de la vida misma la cual debe irse renovando día con día para no dejar que el frío invierno, los vientos de otoño, las lluvias de verano o una simple brisa de primavera sofoque la intensidad del amor.
Se sentaron a la mesa acompañados por la tensión sexual que los comenzaba a cubrir de mil formas. Los primeros bocados de la cena fueron zarpazos afrodisiacos permeando sus ligeras membranas protectoras a sus instintos animales, pero la contención empleada al máximo hizo su esfuerzo sobrenatural para mantener el equilibrio hasta ese momento en paz. Baco, a través de aquel vino tinto apremió a suavizar los sabores de aquellos manjares preparados con tanto esmero y cuidado por parte de Marco; además de calcinar el equilibrio para el final. El postre tuvo que esperar en el refrigerador, eventos inadvertidos consecuentes de la efusividad del elíxir de la vid rasgaban en el tiempo.
Él se levanto súbitamente de su asiento para dirigirse a espaldas de Diana, acercándose a su oído y de forma sigilosa susurró: “Cierra los ojos y disfruta”. Besó su desnudo cuello para después vendar sus ojos y sumergirla en la penumbra total aunada a la intriga y temor a su tono empleado. Nunca había experimentado esa sensación de encontrarse en el limbo con miles de preguntas flanqueándola con dirección a ese final. Temor, miedo dirán los más normales.
Mientras ella escuchaba atentamente las pisadas secas alrededor de la habitación, su presión sanguínea iba en aumento; su sexo, de manera desconcertante la traicionaba y experimentaba algo novedoso. Maldita la hora en que descubrió esta nueva forma de provocar placer, “Me gusta, pero me asusta” dijo entre dientes para sentir la presencia de él en la mesa. Sobre ella, la atmósfera se convirtió en casi su totalidad en oscuridad. Los platos había sido desplazados por el maletín que con tanto cuidado fue bajado del vehículo con anterioridad, ahora que acababa de ser abierto el contenido era depositado con la fragilidad digna de un artista del cristal. El mínimo error podía arruinar la sorpresa.
Empleando su voz grave y seductora, Marco le ordenó que prestara atención a sus instrucciones: “En primer lugar, al quitarte la venda estarás aceptando todas las reglas de este juego, así como sus consecuencias. Si no quieres jugar, simplemente dilo y no lo hacemos. Dos, no tratarás de cambiar el resultado, cuando veas que uno de los dos perderá, lo único que te queda por hacer es terminarlo. Y tercero, te amo y me has hecho el hombre más feliz de este mundo. Espero que si existe otra vida después de esta, igual este a tu lado.”
Al escuchar el “te amo”, Diana regresó de la oscuridad para ver directamente a los ojos a Marco. El juego comenzaba.
El vértigo se apoderó de ella, sentía que iba en caída libre al postrar su mirada sobre aquel objeto resplandeciente y de fulgor sepulcral: un revólver. Tomándolo entre sus manos abrió el cilindro para verificar que en su interior sólo existía una bala. Aquella sensación de vació en su estómago iba acorde con ese juego de palabras. Iba en una “montaña rusa” para jugar a la “ruleta rusa”.
La pareja se quedó por un par de minutos en silencio total, mientras ella rellenaba de forma temblorosa las copas con más vino, él sacaba dos puros y tras encender el suyo, le extendía el otro a su acompañante, que ahora se convertía en su rival. El olor a tabaco invadió la habitación, el alcohol mermaba el nerviosismo para transfigurarlo en arrebato.
Diana bebió de su copa un largo trago, aspiró del tabaco y cerró rápidamente el cilindro para hacerlo girar al azar situándose el arma justo en la sien jalando del gatillo. Marco absorto contempló aquel instante mientras de su pecho se le salía el corazón acompañado de un grito ahogado. Un simple clic se perdía en el comedor. Ella bajó el arma para exhalar el aire contenido, así como para dar otro sorbo de vino. Extendiéndole el arma a Marco su mirada fue de repudio total, la valentía en ese par de segundos había conseguido despertar al monstruo.
Con el arma en la mano, aquel hombre que instantes antes había planteado las reglas, tenía que seguir con el plan. En la puerta, la oscura silueta desfilaba lentamente hacia ellos, sin embargo por la embriaguez su presencia no era tan notable; ella aguardaría impaciente.
Las palabras sobraban en aquel momento, pero el silencio era lo único que reinaba para ellos dos. No sabía si cerrar los ojos o dejarlos abiertos para verla por última vez, pero Marco de forma contraria a lo que le dictaba su razón posó el cañón sobre su cabeza y decididamente accionó el arma para toparse con un estruendoso silencio. Dos oportunidades y el juego seguía efectuándose. Diana no se inmutó en lo absoluto.
La tensión sexual los hacía víctimas una vez más como un veneno que sofoca a sus presas. El pánico quedaba a un lado para ambos y las pulsaciones pasionales fueron las responsables de que nuevamente ella tomara la pistola para que con su boca y lengua comenzara a lamer el cañón como si fuera un falo. Marco simplemente se dedicó a disfrutar de tal espectáculo.
Diana comenzó a darle placer al arma con “sexo oral”, esto amenizado con gemidos surgidos de su espontaneidad característica. Sacando provecho de esto apretó del gatillo para que por tercera ocasión un simple sonido perdido saliera del mecanismo. Él se encontraba en éxtasis total de presenciar tal maravilla, la seducción y el riesgo de muerte le ponía los poros de la piel a reventar. Sensibilidad estallante al mínimo contacto.
Terminado la atracción visual, se levantó de su asiento y se dirigió hacia él para tomarlo por la fuerza del cabello mientras le pedía: “Hazme tuya”. La tomó entre su brazos y dirigiéndose hacía la habitación más cercana la aventó en la cama para despojarse de sus ropas. Rasguños y gritos de placer imperaban sobre el sudor y exclamaciones propias del acto sexual. Movimientos lentos y coordinados, bestiales y agresivos, crearon una sinfonía de placer sanador de la tensión.
Esa lucha incesante entre el hombre y la mujer se ve recompensada por esa sacudida que proviene del más allá, el orgasmo se acercaba a ellos como una ola que arrasa con las huellas de la orilla del mar. Al alcanzarlo, sus gritos y un disparo iluminaron la habitación; el fuego desprendido del cañón perforaba la tersa piel y más de aquel cuerpo que clamaba en aquella explosión.
La muerte los había seguido hasta allá y ahora reclamaba lo que le pertenecía. Salió feliz por la ventana para perderse en lo frío y oscuro del bosque. Al amanecer, dos cuerpos yacían desnudos sin vida sobre sábanas blancas. Quienes fueron testigos de esa imagen, cuentan que hallaron un revolver a su lado; una solitaria bala existía en su interior.
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