Palabras de más...

“¿Hacia dónde vamos?” Creí pensarlo, sin embargo tu voz me sacó del error. “Decide, tu manejas”. Apenada no sabía con total exactitud hacia donde huir. Sólo quería estar contigo, ser tu presa una vez más para probar esos labios que me vuelven loca.

Con mis manos al volante, las rectas se volvían curvas y las curvas metros sin retorno. Acariciabas mis piernas, jugabas con mi rostro, estrujabas mis brazos y tras de todo esto tu fuerza y vigor quedaban demostradas una vez más. 

“Hagamos el amor”. El motor del automóvil era el fiel reflejo de las revoluciones de mi corazón. Con el acelerador casi a fondo me estacione en el primer lugar solitario. Mis ojos buscaron los tuyos y con un torpe y escueto cuestionamiento dije: “¿Es en serio?”. Un beso desenfrenado lleno de pasión, lujuria y deseo me hizo perder el estribo. 

De forma autómata maneje hasta un modesto hotel; mi cuerpo te reclamaba, quería sentirme tuya realmente tuya por primera vez. Comenzamos a subir las escaleras y las piernas me temblaban, los nervios se apoderaron de mí. Cuando faltan las palabras para expresar lo que sentimos, el cuerpo lo hace por nosotros. El mío quería sacar lo que lleva dentro del alma, gritarlo a los cuatro vientos, pero esta vez sin palabras… 

Cómo describir ese momento en el que a solas en ese cuarto de hotel nos prodigamos caricias y besos, promesas y palabras plagadas de amor contenido. Sentí como me abrazaste con la propiedad digna de un caballero; y sin embargo tu seductora masculinidad provocó que me presionaras por mi cintura para acabar fundidos en un beso. 

Como en mis años mozos me recostaste sobre la cama, pero ahora besabas mi cuello, mi rostro y mis labios mientras que tus manos se deslizaban por mi espalda tersa y deseosa, me protegías llevándome dominantemente hacia a ti. “Cuanto te amo”. 

Mi blusa y sostén me fueron arrebatados por tu egocéntrica lujuria contenida… Tomaste mis pechos en tus manos para deslizarte como la víbora del génesis hacía mi vientre. ¡Víctima del pecado y de lo impuro! Has llegado a dónde has querido. 

La yacente silueta desnuda sobre la cama te deja pasmado con la tenue luz que nos ilumina, me observas y retomas las caricias para despertar la lujuria, el ego pasional y carnal: mi deseo por ti. 

El jugueteo de nuestras lenguas; con mi pincel delineo tus labios ya húmedos, pinto con ansiedad la posesión que auguras. Bajas al inframundo al son de mi respiración, el bombeo de la sangre se distorsiona con tus besos que se acercan cada vez más a mi sexo, al centro de nuestro placer. Ahora eres el pintor de mi íntima inmensidad. Tus dedos hurgaban los secretos de la noche, la oscuridad no inspiraba el mínimo temor a tu persona. 

Cual comparsa armoniosa, unidos danzábamos el ritmo que iba en vaivén alternando la entrada y salida de energía. No pares aunque el mundo sucumbiera en este instante. Quería soltarme y no lo permitiste, me sostuviste fuerte las manos y no me dejaste escapar... Ahora te mueves con un ritmo, que me hace desfallecer, siento un escalofrío que recorre mi espina dorsal, y la piel se me eriza. ¡Voy a terminar! 

Gemidos ahogados por el sudor que nos baña nos obliga a abrazarnos fuerte y tiernamente. Ese ritmo único con que me haces el amor. Descanso sobre tu pecho, abrazada a tu figura me siento tuya, completamente tuya, por primera vez y para siempre. 

Ahora en la ducha cierro los ojos para sentir tus manos rodeándome como enredaderas calcinantes; tus labios húmedos merman el ardor en mi espalda. Girando hacia mi verdad me topo con tus labios, un beso rico, deseable y reconfortante. Una vez más tus manos inquietas tocan mis piernas, mis pechos y mis muslos. Has dejado otra vez tu huella y llevas marcada tu aura de mi esencia. La intimidad es solo tuya, mía y de Dios. 

El mismo Dios sólo sabe cuando se repetirá una vez más. 

Al final, las palabras están de más….

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