Princesa de porcelana.


¡Cuán frágil eres mujer de carne, mujer de hueso! Aun en tu impenetrable estuche de cristal eres vulnerable. Te sientes inalcanzable en lo alto del librero, pero tienes que lucir, arriesgándote en la orilla como todo un trofeo.

Has dejado caer lágrimas esta noche y te has maltratado las mejillas; empañaste el cristal con tus suspiros; es que cuando se sufre detrás de los vidrios, el llanto nos quita la claridad del camino.

Has limpiado tu rostro con tus ropas, porque  ni aun en tu cajita de cristal, te has salvado de la suciedad. ¡No hinches tú cara con lágrimas!  ¡No ensucies tus preciosos vestidos! Te dicen una y otra vez, los que al recorrer ese librero con su vista, se han topado con tu guarida.

Has dejado alguna vez el puesto en las alturas y manos y ojos te han tocado, te sacuden el polvo ó solo contigo han jugado, volviendo así a tu rincón desolado.  Por ser algo tan bello, vivir en soledad es tu pago.

Pero tus ropas se han desgastado, hieden a dolor y a cansancio, la textura de tu piel se marchita, sin haber nada que pueda detener el agravio. A veces te imaginas que caes de aquel lugar, que las fuerzas naturales, romperán aquella cárcel de cristal, que la perfección de tu semblante podría cambiar.
Y vuelves a tu postura impenetrable,  dejas de llorar y te abandonas en tu deber, olvidas cuan frágil eres y te  manifiestas con belleza y poder. Sabes  que  puedes caer directo al abismo y romperte en mil pedazos, pero sabes también que lo que mejor te sale es lucir bien. Porque para eso eres y existes, siempre mi muñeca, condenada estas con la dureza en tu piel pero fragilidad en tu alma, así que tu lucha es no romperte, princesa de porcelana.

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