Juego de azar (Parte Uno)
El sonido del teclado de la computadora aumentaba su ansiedad acompañado de cada tic tac del reloj de péndulo que reposaba sobre su escritorio enmarañado con papeles pendientes. Era viernes y las diversas oficinas se encontraban ya vacías, pues desde muy temprano se respiraba la libertad propia de los empleados a la espera del fin de semana. La radio entonaba canciones clásicas de la década de los sesentas, setentas y ochentas; variaban en ocasiones del inglés al español, pero cada una de ellas aceleraba sus pulsaciones.
Dicen que la impaciencia es el enemigo de cualquier ser humano, pero en el caso de Diana iba más allá de lo permisible. Naciendo sietemesina, da partida a una serie de eventos anticipados por su inagotable falta de mesura; comenzó a caminar antes del tiempo previsto y sus primeras palabras sorprendieron a sus padres quienes esperaban algo más convencional: “Apúrate mamá”.
De incesante espíritu liberal, creció con la cabeza repleta de sueños y metas bastantes marcadas por la negatividad a la soledad; creía fervientemente que con el pasar de los años uno como persona se va deshaciendo por la falta de aventuras y riesgos necesarios para no pasar desapercibida sobre la faz de la tierra. Sus palabras siempre siendo las últimas plasmaban pauta para el accionar de los demás. No por nada la acababan de ascender de puesto; ella justificaba su actitud con la simpleza del: “Porque puedo vengo”.
En otra parte de la ciudad, a varios kilómetros de distancia se hallaba un carro estacionado a un lado de la carretera. Sus luces intermitentes alumbraban la oscura noche que cubría las copas de los árboles y al infinito. El conductor abrió la ventanilla para permitir que el humo del cigarrillo que acababa de prender saliera para conjugarse con el olor a cedro y pino. Tras apretar un par de botones, esperó a que su interlocutor le respondiera; un tono, dos tonos y una agitada voz masculina contestó. “Te agradezco mucho este detalle, vale mucho para mí. Las llaves las dejó donde las encontré y el pago te lo hago llegar a la brevedad. Que pases buenas noches”.
Ligeras partículas de ceniza cayeron sobre las vestiduras del asiento, restándole importancia prosiguió a marcar nuevamente otro par de botones. Su corazón se agitaba de forma natural, no podía negar que un año más a lado de la mujer que amaba significara cualquier cosa. Había que dejar huella en lo impenetrable de la memoria de Diana. Todo estaba listo.
“Los informes han sido entregados, las gráficas el lunes me las dan. Creo que es momento de ir a descansar”. Tiró al bote de la basura unas cuantas envolturas de parches de nicotina, llevaba dos semanas tratando de dejar el cigarro pues consideraba que en estos tiempos era altamente innecesario tomar ese riesgo. Paradojas de la vida pensó por un lapso, pues desde los 15 años había adquirido ese vicio el cual atribuía a la sobrecarga de actividades escolares como extra curriculares y a su creciente falta de sueño. Durante la universidad dejó de ser un secreto para convertirse en un estilo de vida.
Odiaba sentir esa sensación de apego a algo o alguien, pero después de conocer a Marco su modo de ver la vida dio una vuelta de ciento ochenta grados. Al principio parecía ser sólo uno más en la lista; aquellos aduladores hipócritas que presumen de tener y obtener todo lo que uno se puede imaginar no importando las consecuencias de sus actos. Tras seis meses de salidas esporádicas y detalles pocos convencionales, Diana comprendió que ante sus ojos se encontraba alguien ideal para sentar cabeza. Y así lo hizo.
Después de tres años de noviazgo y cinco de matrimonio, ambos conservaban esa jovialidad escasa en estos días. La monotonía no era bienvenida en ninguna de las habitaciones de la casa, se habían prometido no solo fidelidad ni amor eterno; el pacto iba más allá de lo racional para el ser humano. Cansados de escuchar historias de fracasos de sus contemporáneos y mayores, tomaron la decisión de basar la relación en detalles que marquen.
El ruido de una aspiradora comenzaba a acallar los acordes de “Every Breath You Take” de The Police, su canción favorita. El conserje se acercaba aceleradamente a donde ella se hallaba; esto solo podía significar una cosa: era demasiado tarde y Marco aún no daba señal de vida.
Tomando el bolso y su abrigo apagó la radio y las luces, cerró con prisa mientras le comenzaban a temblar sus manos. No podía creer que la hubieran dejado plantada, pues lo peor del caso era que su coche estaba en el taller y era enemiga declarada del transporte público. Sus tacones comenzaron a resonar en los pasillos vacíos recién trapeados con pino, creyó resbalar al sentir como comenzaba a vibrar su celular. Decidió perder la llamada y devolverla cuando estuviera en el estacionamiento. Esperaba que Marco fuera el autor.
Afuera se escuchaba el lejano tráfico de la ciudad que sopesaba con el frío característico de la temporada del año. Un automóvil le arrojó las luces altas para llamar su atención consiguiendo su cometido. De el bajo una figura que no correspondía a la fisonomía de Marco; trató de detener sus pasos pero el celular nuevamente comenzó a agitarse dentro del bolso. Rápidamente lo sacó y sin mirar de donde provenía la llamada contestó cuando se encontraba a escasos metros del sospechoso.
“Disculpa por no pasar a recogerte, por favor sigue las instrucciones que en un momento te darán. En la guantera encontrarás el resto. Y sí, se que estás demasiado molesta y que tienes infinidad de cosas que decirme pero eso tendrá que esperar”. Cuando quiso desahogar su frustración Marco ya había colgado.
“Buenas noches señorita, espero que se acuerde de mí. Soy José, amigo de su marido”, fue lo único que se le ocurrió decir al hombre de escasos un metro con cincuenta al ver en el rostro de Diana ese rojo característico de la molestia. “Por supuesto que lo recuerdo, buenas noches”, interpeló ella de manera que trataba de controlar esa ira reprimida.
Extendiéndole unas llaves el hombre prosiguió: “Lleva el tanque lleno y pues muchas felicidades por su aniversario, espero que sean muchos años más”.
“¿Aniversario? Chin se me olvidó”, pensó. “Muchas gracias y disculpe la pregunta pero no gusta que lo acerque a la calle principal, por acá es muy difícil que a estas horas encuentre transporte”.
“No es necesario, esperaré a que pasen por mi. Todo está perfectamente planeado”. Ella sabía el meticuloso interés que dedicaba su marido para cualquier cosa, le parecería enfermizo si no fuera por la constante similitud de caracteres. “¿A qué se debe tanto misterio? preguntó.
“Eso no se lo puedo decir, porque sencillamente no lo sé. Ande, suba al carro y maneje con cuidado. Se me olvidaba… en la guantera podrá encontrar más información. Y nuevamente muchas felicidades” Y diciendo esto comenzó a andar sin sentido perdiéndose en la gélida noche.
El silencio se rompía gradualmente por la carretera con el sonido del motor del Audi A8 color negro que Marco manejaba confiadamente adentrándose trepidante a lo más oscuro del bosque. Repasaba por su cabeza que todo lo que necesitaba se encontrara ya en la cabaña que había rentado para pasar la noche. Nada podía salir mal, todo lo tenía bajo perfecto control. De pronto al tomar una curva sinuosa sus ojos se plantaron en una silueta oscura amorfa, vieja conocida de algunos ayeres: “Esta noche no”, pensó.
Si sus cálculos no le fallaban, contaba exactamente con una hora para tener la cena lista. Mientras estacionaba el auto, un dejavú cruzó su mente. Pudo verse tirado en el piso mientras clamaba piedad a alguien; sólo pedía que acabara con el sufrimiento. Regresando en sí abrió la cajuela para tomar un par de bolsas y un maletín, el cual manejo con demasiado cuidado; de este dependía el éxito de la noche.
Buscó entre sus bolsas las llaves de la cabaña. A simple vista parecía de lo más común e incluso llegó a creer que el precio había sido bastante exagerado. Subiendo unos cuantos escalones se encontró con el único acceso, una puerta hecha de exquisita madera que desprendía un aroma perturbador. Sin tanta mella abrió la cerradura para toparse con un recinto propio de los dioses, muebles con acabados artísticos engalanaban cada espacio de la estancia.
Se dirigió hacia la cocina velozmente y una sonrisa se iluminó en su rostro. Todos los ingredientes, especias y demás se encontrabas ahí, a su completa disposición para tomar el papel de alquimista del amor. El arte del buen comer era algo que ambos siempre habían disfrutado y que en propias palabras, asemejaban al acto sexual.
No cualquiera tiene la perspicaz sutileza de combinar caricias y besos en una dosis balanceada, y mucho menos crear esa adicción que muchos llamarían gula y otros lujuria. Ninguno hasta el momento podía quejarse por la cocina o por la intimidad, existía esa comunión y fraternidad entre estos amantes; aunque a simple vista parecieran témpanos de hielo, muy en el fondo se hallaba lava hirviente que circulaba por sus venas y arterias.
Cortes rápidos de la carne más jugosa, picar verdura por aquí y por allá, cacerolas fingiendo ser locomotoras humeantes, pizca de sal, pizca de orégano, un poco de pimienta. Un sorbo de vino y música eran el complemento ideal para Marco; sabía que las melodías propician que las fieras se conviertan en los seres más mansos sobre la faz de la tierra. Dentro de su cuerpo, infinidad de criaturas mitológicas lidiaban batallas a muerte por saciar su sed de calor y pasión: Diana era la cura para tal mal.
Cuando seduces al sabor y a los aromas, corres el riesgo de caer en letargos propios de un mortal. El tiempo había pasado y la comida comenzaba a ser bendecida con el último hervor. Marco buscó su celular por todas partes, creyó haberlo olvidado en el carro; pero apareció debajo de restos de cáscaras y demás. Vio la hora y su corazón aceleró, era el momento de que Diana estuviera al acecho. Decidido marcó para saber el paradero de su amada. El buzón de voz entraba inmediatamente y el miedo lo hizo víctima. “Le habrá pasado algo”. Fueron varias llamadas ligadas las cuales se desviaban a acrecentar más ese pánico; recordó a su “amiga” postrada a la orilla de la carretera. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal para terminar en un sobresalto, tocaban a la puerta.
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