La bipolaridad del panda 4.0
-"Próxima estación Were.... huevos que"- pensó Panda al abordar el vagón del metro tras asegurarse que había escondido bien la cartera y su celular; aunque este último no representase demasiado valor monetario para un caco promedio, uno especializado y bien adentrado en la materia podría deducir que aquel artefacto era el número uno de su serie y que cayó en manos de nuestro protagonista cuando su padre quien trabajaba en una fábrica de celulares, se lo obsequió cinco navidades atrás. En la actualidad, dicho objeto era buscado alrededor de todo el mundo, pues su valor era incalculable. Esto jamás lo supo Panda, quien sólo lo conservaba por el simple valor sentimental.
Era un hora tranquila para viajar en los vagones anaranjados, pues aún la mayoría de los animales se encontraban laborando arduamente en toda la ciudad. A lo mucho podían observarse a jóvenes estudiantes que entraban empujándose e insultándose los unos a los otros sin tener el mínimo miramiento de demostrar la educación que en casa se les había inculcado. Las madres tapaban los oídos a sus pequeños; no podían permitir que ese tipo de expresiones se metieran en sus hogares.
Panda sólo buscó con la mirada el asiento más cercano a cualquiera de las puertas de acceso; o halló y se dispuso a sentarse para comenzar el bamboleo adormecedor característico de este medio de transporte. Si comparamos el olor de un metro utilizado por humanos a uno animal, varía en demasía; sin embargo el aroma del segundo es más soportable. Sin lugar a duda una paradoja de la vida.
El ligero sopor de las tres de la tarde fue propicio para que comenzarán a fluir diversas ideas en la cabeza de Panda. No recordaba a ciencia cierta cuando había sido la última ocasión que viajaba con el "populacho", término despectivo que gustaba de emplear cuando se sentía masificado al concurrir en eventos o situaciones que no eran del todo de su agrado.
Mientras contaba una a una las estaciones para llegar a su destino final, veía como subian y bajaban infinidad de personajes pintorescos. En la estación Pino y Cedro alcanzó a divisar a una persona con la clásica mochila con bocina integrada, sabía a la perfección que por un lapso de diez minutos tendría que chutarse los éxitos de "Los Tigres del Norte" y "Los Tucanes de Tijuana". Peor no podía ir la cosa, sin embargo una sonrisa se le dibujo en su cara pués recordó que traía entre sus pertenencias su reproductor de MP3.
Como si fuera una clase de respirador artificial del cual dependiera su vida, desenredó los audífonos a la velocidad de la luz. Emulando claramente a cualquier especialista en explosivos, pulsó los botones necesarios para desbloquear y comenzar a reproducir su música. -¡Santo placer de los dioses!- pensó.
Sólo alcanzaba a ver como el vendedor de discos de "primerísima calidá" movía los labios sin emitir sonido alguno. Por dentro se reía a carcajadas a la par que le extendían un disco; él solo ignoró mientras en la cabeza del otro rondaba un "chinga tu madre".
¿Qué podía suceder al cambiar su apariencia? Como un letal disparo cruzó esta cuestionante su mente; no había pensado en lo que pensarían sus padres, familiares y amigos. ¿En verdad iría en contra de lo establecido? Sabía que tenía una razón clara, ya la había tomado en cuenta; pero al parecer la mente es así. Cuando necesitas de forma imperante la justificación de tus actos, ocurre que llegar a la respuesta correcta demora por el cegamiento de la búsqueda de la verdad absoluta.
No podía aguantar esa sensación de olvido, sentía que comenzaba a carecer de sentido su vida y creía fervientemente que ese era un síntoma de debilidad. ¿O será acaso que era todo lo contrario?
Panda se desenchufó del MP3 y le hizo señas al vendedor de discos:
-Oiga joven, ¿tendrá el nuevo de "Los Cardenales de Nuevo León"?
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