Último compás

¿En verdad te cuesta tanto entender la simplicidad de mis acciones?
¿Acaso necesito expiar todos mis pecados en las brasas del infierno?
Si ser malvivido ante tus ojos me desplaza al baúl de lo olvidado,
permíteme recitar esta triste y corriente despedida.

Mirándote a los pies, sin la mínima pizca de alevosía ni orgullo,
puedo gritar a los cuatro vientos la sombría tragedia que me cubre en totalidad.
Tus manos parcas y frías me convencen a cada segundo que nuestro final
a buen puerto ha llegado sin zozobras ni retrasos.


Sientes mi cuerpo desfallecer a causa del incurable mal,
víctima de lo mundano, hermano de la lujuria y verdugo de tu alegría.
Despidámonos como los buenos amigos que siempre hemos sido,
nunca me has abandonado aunque te niegue a cada respirar.

Apaga lentamente cada una de las luces en cada habitación,
cierra las puertas con lacre para huir sin dejar el menor rastro.
Ni aroma, sabor o color quedarán plasmados en este sudario;
los sonidos vagos de alrededor encumbran mi rezos.

Te ríes de mi con esa complicidad de traviesa y perversa compañera,
miembro de la cofradía pactada desde el acecho y puesta del sol;
aliada de la noche perversa me abrazas gelidamente
para contagiar el pánico natural a lo desconocido por ambos.

He perdido la concordancia entre mi respirar y el latir de tu corazón,
hemos perdido noción en el vaivén de esta comparsa.
A lo lejos retumba el estruendo del mismísimo trueno enfurecido,
reclamando la esencia de nuestras enternecidas caricias.

Devuelves tu mirada hacia mi, tierna y cálida te has convertido;
nuestra madre ha sido la única que nos la ha concedido.
Besas mi frente, nublas mi visión hasta el ocaso infinito;
atrapado en el silencio me veo envejecido.

¿Cómo pretendes amiga mía comprender esta fatal tertulia?
Por lo menos muestra arrepentimiento y acalla las carcajadas.
Inmensa y temida cólera explota en cada una de mis lagrimas;
mi condición no es motivo para que detengas tu plan.

Al pisar tierra firme te entregaré mis vestidos y recuerdos,
jamás los volveré a necesitar, pues en mi andar desnudo 
con tu manto me abrigarás por toda la eternidad.
Abrázame hasta el último compás.

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